jueves, 5 de febrero de 2026

 Hermandad de Nuestro 

                       Padre Jesús Caído




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ERO 44

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A raíz de la publicación del poema que dediqué a mi amado nieto David Rodríguez Alonso, cofrade y costalero del paso de Nuestro Padre Jesús de la Rendición, he recibido numerosas felicitaciones de personas amigas, y de aquellos otros que bullen o trastean constantemente en las redes sociales. Tanto unos como los otros, me invitan a continuar publicando las coplas litúrgicas que tengo escritas: las Saetas. Éste canto ha sido, desde los tiempos más remotos, compañero inseparable de las conmemoraciones religiosas que los pueblos han tributado a sus dioses. La saeta, como cualquier otra producción musical, no puede ni debe aislarse del resto de los acontecimientos socio-culturales correspondientes al medio en que nace y se desarrolla. Su vinculación con la Semana Santa andaluza es tan firme que Ricardo Molina, uno de los más prestigiosos intelectuales que han estudiado el fenómeno flamenco, aseguró que está tan estrechamente unida con las procesiones de Semana Santa de Andalucía que no se concebirían éstas sin aquélla.

Como quiera que el racimito de saetas que he escrito tiene como destinatario, Nuestro Padre Jesús Caído, permítanme que primero de a conocer los antecedentes de la Hermandad, que fue creada allá en los últimos años del siglo XVII con la donación de la imagen de Jesús Nazareno por el canónigo catedralicio Francisco Bañuelos y Murillo hacia el 1676. La fundación de la Cofradía tiene fecha de 1765. El barrio de Santa Marina se vuelca con gran fervor hacia la imagen de Jesús. Es el prior de la comunidad carmelita, Fray Andrés de Santa Maria, el que impulsa la formación de la Hermandad, cuyo hermano mayor sería José Julián Vázquez.

Es en el 1779 cuando tiene lugar la primera la primera salida procesional, Jueves Santo. En esa primera estación de penitencia se nombra a la Virgen con la advocación del Mayor Dolor. Su primer recorrido es por la Puerta de Colodro, Alfaros, Plaza de la Compañía y Catedral. Los penitentes de la Hermandad visten túnicas moradas sin cubre rostros y portan cirios.

En el 1818 se produce un enfrentamiento en pleno desfile procesional entre el hermano mayor con otros cofrades, que optan por abandonar las imágenes en plena calle y han de ser los hermanos carmelitas y algunos fieles los que las retornen a su Templo. Este suceso provoca la disolución de la Hermandad. La reorganización de la Cofradía vino dada por la escasez de recursos para presentar a Jesús Caído el Viernes Santo; por ello, cofrades del Alcázar Viejo intentan llevarse la imagen y afrontar ellos los gastos de procesión. Esto provoca una reacción de todo el barrio de Santa Marina, cuyos vecinos se constituyen de forma espontánea en Hermandad, nombrando al sacristán de Santa Marina, Francisco de Paula Valenzuela, hermano mayor. Así es como el Viernes Santo de 1851, Jesús Caído participa en la procesión oficial e incorporan en los desfiles siguientes a la Virgen, Nuestra Señora del Mayor Dolor.



En 1874 Manuel Taguas Reyes, es nombrado hermano mayor cuando la Hermandad se encuentra en una situación pujante, llegando a realizar estación de penitencia en solitario el Jueves Santo, además de participar en la procesión oficial del Viernes.



La vinculación con la tauromaquia y con los estudiantes del colegio Virgen del Carmen, a espaldas del convento San Cayetano, son algunas de las características más notables. De hecho, la presencia de toreros en su nómina de hermanos ha sido una de las tónicas generales a partir del siglo XIX.

En 1862, el primer matador de toros en ser directivo fue José Dámaso Rodríguez “Pepete", tío abuelo de “Manolete". Tras él llegaría Rafael Molina Sánchez “Lagartijo", que daría fama a la “Hermandad de los Toreros", depositando su confianza en el vice hermano mayor Rafael Hidalgo Rodríguez, que consigue aumentar los ingresos de la Hermandad significativamente. En este año se estrenan unas andas para Jesús Caído y se restaura la imagen.



José Dámaso Rodríguez “Pepete",

Rafael Molina Sánchez “Lagartijo",

Durante el siglo XX ésta será una de las pocas hermandades que mantenga una actividad digna de tenerse en cuenta. Hermanos mayores como González Laguía, Miranda Rey o Flores González se suceden en estos años. Como Rafael Flores es una persona muy vinculada al mundo del toro, desarrolla una labor intensa que lleva a superar los trescientos hermanos, pero será en el 1922 cuando la situación da un giro inesperado con la llegada a la dirección de la Hermandad de Eduardo Quero “Marqués de la Mota del Trejo” y su esposa Soledad, cuyo mandato será fundamental para el devenir de la Cofradía en lo referente a la adquisición de nuevos enseres, así como la incorporación de efectivos humanos.

Las reformas que se promueven durante esta época en la Hermandad determinan el carácter posterior de la misma, llegando hasta nuestros días, como el hecho de la concesión de los títulos de Real y Pontificia, la confección de los bordados de la Virgen, la nueva túnica de Jesús Caído o la realización de los nuevos respiraderos para el paso de Nuestra Señora del Mayor Dolor, piezas desconocidas en Córdoba por esa época. Asimismo, la advocación de la Virgen se completa con el nombre de Soledad, en homenaje a la Marquesa principal impulsora de todas estas reformas.


Finalizada la Guerra Civil en España, la dictadura franquista se muestra propicia a las celebraciones de carácter religioso, entre ellas la Semana Santa. Las Cofradías reciben un fuerte impulso aumentando el número de hermanos y fundándose o reorganizándose otras.



En el 1939 y tras un periodo de decadencia, la Hermandad de Jesús Caído elige a un hermano mayor del barrio de Santa Marina, cuyo futuro parece empezar a vislumbrase como el de uno de los matadores de toros que mayor fama y renombre alcance en la historia del toreo, su nombre: Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “ Manolete". La llegada del diestro cordobés a la Hermandad supone un nuevo impulso que se plasma en la realización de un nuevo paso para la imagen de Jesús Caído, y por otra parte la consolidación de la popularidad de la Cofradía con un aumento considerable del número de hermanos.

Letras de saetas:

¡Capataz! Por Dios te pido

dile a tus costaleros,

que sobre sus hombros heridos,

llevan al Cristo de los toreros

Nuestro Padre Jesús Caído,

La sangre corre por tu frente

solo mirarte da frio,

Cordero Inocente

Padre Jesús Caído

te condenan a muerte.

De San Cayetano has salido

entre saetas y rezos,

y al cerrase han crujido

las puertas de tu Templo

Padre Jesús Caído.

Te negaron tres veces

Padre Jesús Caído,

¿Cómo pudieron atreverse?

si tú eres el mejor nacido

y orgullo de los cordobeses.

Antonio Rodríguez Salido. –

Compositor y letrista. –Escalera del Éxito 176. -

José Luis Cuevas 

Fotografías, Montaje y Editor

Escalera del Éxito 254















Años posteriores al fallecimiento de Manolete, la "Hermandad del Caído" acordó nombrar miembros honorarios de la misma a los diestros cordobeses José María MartorellRafael Soria Molina “Lagartijo” Manuel Calero "Calerito", Rivas y Joselete. De esta forma continuó la tradición de ser llamada "La Cofradía de los Toreros".







TOREROS PERIODISTAS Y AFICIONADOS ACOMPAÑANDO  A SU CRÍSTO  EL CAÍDO


















miércoles, 4 de febrero de 2026

 

Córdoba acoge la presentación de “Defiende tus

 valores: historia, memoria y liturgia”.




La Biblioteca Grupo Cántico acogió el acto con lleno absoluto.

La Biblioteca Grupo Cántico de Córdoba acogió en la tarde del martes 3 de febrero algo más que la presentación de un libro. Allí se celebró un acto de afirmación, de memoria y de conciencia, en torno a Defiende tus valores: Historia, Memoria, Liturgia, la obra de William Masterson, que encontró en Córdoba un auditorio lleno hasta la última butaca y, lo que es más importante, hondamente atento.





El acto se abrió con un rezo, guiado por el padre don Antonio Schlatter Navarro, por las víctimas de los recientes accidentes ferroviarios en Adamuz, situando desde el primer instante el encuentro en un plano de gravedad humana y espiritual.






Bajo la moderación sobria y eficaz de Eduardo Mármol, la palabra fue cediéndose con orden y naturalidad. El propio padre Schlatter tomó la palabra para desgranar el sentido de su capítulo, dedicado a la relación entre fe y tauromaquia. 

Su testimonio, nacido de la experiencia pastoral y del trato directo con toreros, novilleros y ganaderos, iluminó una realidad tantas veces tergiversada: la profunda raíz espiritual que habita en la Fiesta. 

Sin retórica ni concesiones, explicó cómo la fe se manifiesta en el ruedo como necesidad íntima, como amparo ante el límite, como conciencia viva de la fragilidad humana. Su intervención aportó hondura y serenidad, demostrando que hablar de Dios en el ámbito taurino no es una extravagancia, sino una consecuencia natural.






A continuación, el editor Manuel García Iturriaga puso una nota de cercanía y simpatía al relatar el origen del vínculo de William Masterson con España y, más concretamente, con Rute, su pueblo. Desde esa anécdota vital fue dibujando el perfil de un autor que no escribe desde la distancia ni desde la pose, sino desde el arraigo y el agradecimiento.







El diseño de la portada centró después la intervención de Antonio Guerra Álvarez, quien afirmó con acierto que “la portada no puede identificarse mejor con el contenido del libro”. Y no era una frase hecha. Guerra explicó cómo la imagen dialoga con el fondo de la obra, sintetizando visualmente sus claves.




Por último intervino quien firma estas líneas, Álvaro Cabello de la Haba, autor de la sinopsis, con una breve aproximación al espíritu del libro.








Cerró el acto William Masterson, y lo hizo con una intervención que confirmó todas las expectativas. Con un tono cercano y a la vez firme, hilvanó anécdotas personales con reflexiones de fondo, explicando su obra sin solemnidad impostada, pero con una claridad moral poco frecuente. Habló de valores no como conceptos abstractos, sino como realidades que se viven, se heredan y se defienden. Su palabra, limpia y directa, evidenció que estamos ante un autor que escribe desde la responsabilidad y no desde la comodidad.

Defiende tus valores: Historia, Memoria, Liturgia pertenece a esa estirpe de libros que no se limitan a ser leídos, sino que se experimentan. La tauromaquia aparece en sus páginas no como folclore ni afición, sino como columna vertebral de una manera de entender la vida: un territorio moral donde el valor, la verdad y la medida se ponen a prueba sin máscaras. Esa mirada seria y luminosa otorga al libro una resonancia especial, reforzada por una dimensión espiritual tratada con respeto y profundidad.




El lleno absoluto de la sala no fue un mero dato de aforo, sino la constatación de que existe un público deseoso de discursos honestos, exigentes y con raíz. Córdoba asistió a la presentación de un libro necesario y, sobre todo, al encuentro de una comunidad que aún cree en la palabra como acto de responsabilidad. En tiempos de ruido y tibieza, no es poca cosa.



 Por. Álvaro Cabello de la Haba,








José Luis Cuevas

Maquetados, Editor y Fotografías