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OBITUARIO
Nos acaba de llegar la lamentable noticia, de que nuestro socio y gran aficionado a la tauromaquia, ANTONIO LOPEZ "El Gorrilla", a la edad de 57 años, acaba de marchar para encargarse de arreglar los ruedos del cielo.
Antonio López, era natural de Bujalance y aficionado a los toros e incansable seguidor de muchos toreros, entre ellos, el matador de toros cordobés Manuel Román, al que siguió hasta en pueblos de la provincia de Huelva y Jaén.
Antonio, su gran afición le llevó a ser arenero de la Plaza de Toros de Montoro, donde últimamente hacía las veces de capataz encargado de arreglar el ruedo, encargándose del riego y cuantas tareas le eran encomendadas.
El ser trabajador incansable y formal, le valió para pasar a realizar las mismas tareas en el Coso de Los Califas de Córdoba, donde llego a tener la confianza de la empresa.
Desde Montoro, hacemos llegar nuestro más sentido pésame a sus hijos y demás familia, siempre con el recuerdo y la satisfacción de haber tratado a una excelente persona y a un mejor
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Cuando un director de lidia siente en torero: García Corbacho y una oreja para la historia en Mirabel
Mirabel (Cáceres), domingo 30 agosto . Hay tardes de toros que se cuentan por los trofeos, otras por la calidad del ganado y algunas por el nombre de quien salió por la puerta grande. Pero de vez en cuando sucede algo diferente, algo que rompe la costumbre y se queda en la memoria por lo insólito de su naturaleza. El pasado domingo, en Mirabel, ocurrió una de esas cosas que el toreo guarda con celo para quienes tienen el valor de ponerse delante cuando nadie se lo exige.
Porque allí, en un festejo popular, García Corbacho no sólo ejerció de director de lidia. También quiso ser torero. Y terminó cortando una oreja.
El toro se llamaba Campanero, llevaba el hierro de Monteviejo propiedad de Don Victorino Martín y no era precisamente de los que ponen el triunfo en bandeja. Tenía sus dificultades, sus reservas, esos momentos en los que el animal parece preguntarse qué hacer con aquello que tiene delante. Pero García Corbacho entendió pronto que aquel toro no pedía distancia, sino terreno; no reclamaba espera, sino decisión.
Y allá que fue el torero.
Pisó los terrenos comprometidos. Se metió donde había que meterse. Sin aspavientos, sin buscar el aplauso fácil, fue ganándole la partida a Campanero desde la verdad de la muleta. Y ocurrió entonces lo que tantas veces constituye el misterio de la Tauromaquia: el toro empezó a crecer porque delante había un hombre que creyó en él.
Campanero fue rompiendo a embestir. Lo que parecía una faena de recursos comenzó a convertirse en una faena de torero. Y García Corbacho, con ese punto de entrega que distingue al que simplemente torea del que quiere dejar algo en la plaza, fue hilvanando muletazos que tuvieron limpieza, temple y sabor.
Por la derecha hubo momentos de mucha hondura. Por la izquierda encontró también la distancia y el sitio para sacar muletazos limpios, llevando al toro prendido en la tela. No todo fue facilidad —precisamente ahí estuvo el mérito—, pero sí hubo torería, esa palabra tan difícil de explicar y tan fácil de reconocer cuando aparece.
La plaza comenzó entonces a cambiar de temperatura.
Primero fueron los aplausos. Después, los olés. Y finalmente esa comunión tan antigua entre el torero y los tendidos, cuando el público deja de mirar simplemente lo que sucede y empieza a formar parte de ello.
Mirabel se entregó a García Corbacho.
El director de lidia había salido a cumplir con su cometido y acabó convertido en protagonista de la tarde. Y cuando cayó el último muletazo, los pañuelos aparecieron en los tendidos con una claridad que no dejaba lugar a dudas. El público quería premio.
La petición fue insistente, mayoritaria, unánime en el sentimiento.
Y el presidente del festejo, el señor alcalde, recogió aquella voluntad popular y concedió la oreja.
Una oreja que, en cualquier otra tarde, podría ser simplemente una oreja. Pero en Mirabel fue algo más.
Fue la confirmación de una circunstancia extraordinaria: un matador de toros, ejerciendo como director de lidia en un festejo popular, había conseguido convencer a una plaza hasta el punto de que ésta reclamara para él un trofeo y la presidencia se lo concediera.
Y eso tiene un valor especial.
Porque el toreo, en ocasiones, se empeña en demostrarnos que todavía conserva rincones donde puede sorprender. Que aún existen tardes capaces de escapar de lo previsto. Que la emoción no entiende de carteles, ni de categorías, ni de escenarios. Sólo necesita un toro, una muleta y un hombre dispuesto a jugársela.
El domingo, en Mirabel, estuvieron las tres cosas.
Estuvo Campanero, que no regaló sus embestidas y terminó entregándose. Estuvo García Corbacho, que supo buscarlo, someterlo y hacerlo romper hacia adelante. Y estuvo una plaza que supo reconocerlo.
Quizá por eso la oreja de Mirabel no deba medirse sólo por el peso del trofeo. Su verdadero valor está en lo que representa.
La de García Corbacho fue una oreja nacida de la sorpresa, del riesgo y de la emoción. Una oreja que llegó desde un lugar donde nadie la esperaba. Una oreja de director de lidia que quiso ser torero y que, por un instante, convirtió un festejo popular en una tarde para la historia.
Y quién sabe si, con el tiempo, cuando se hable de aquellas cosas extrañas, hermosas y casi imposibles que también forman parte de la Tauromaquia, alguien volverá la mirada hacia Mirabel y recordará que allí, un domingo 30 de agosto del 2026, García Corbacho fue el descubrimiento para el pueblo de Mirabel.
José Luis Cuevas
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