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domingo, 12 de julio de 2020

LA CÓRDOBA DIVERSA

La Córdoba de mi tiempo (II) 



De mis tiempos también eran aquellos vendedores ambulantes que ofrecían su mercancía, el “pay-pay”, el rico “chivirikoqui”, u aquellas jazmineras de delantal blanco y el pelo recogido en la nuca que vendían sus jazmínes hechos ramitos, por la calle o a la puerta de los cines de verano de nuestra querida y amada Córdoba. Y como también era de mis tiempos aquel otro personaje de nombre Antonio Muñoz Caballero, al que apodaban “La Paquera", había nacido en la posguerra (año1939) en el barrio de la Judería (concretamente en una casa de vecinos de la Plazuela Maimónides junto al Museo Taurino) y acabó viviendo en una habitación de una casa de vecinos de la calle Alcántara. Antonio fue bautizado en la capilla del Sagrario de la Mezquita-Catedral y desde bien chiquitito se identificó como niña. Las vecinas les recordaban siempre jugando con ellas: a las casitas, a las muñecas o a los peinados, siempre obsesionada con ser ella la mamá para darle el pecho a los muñecos. Solía vestirse con la ropita de su hermana sin importarle que los demás niños se metieran con ella llamándole “!Mariquita!. Tuvo que vivir la incomprensión de un padre que le maltrataba por su orientación sexual y vital. Pero él siempre se sintió mujer y nunca perdía la sonrisa. Con sus amigas “La Chicharito", “La Niña del Lunar", “La Marifé", “La Pantoja”, “La Paqui", “La Alfonsa" o “La Mecedora”, vivió tiempos oscuros en los que la ley de “Vagos y Maleantes” se cebaba con las personas que hacían bandera de su homosexualidad. Sara era muy buena persona y más allá de su aparición en las Cabalgatas del Carnaval, se dedicaba a vivir su vida sin hacer daño ni molestar a los demás y, a “sobrevivir” como podía de pintor de brocha gorda, además de las clásicas “haciendas". Hizo la militancia en Artillería 42 establecido en Córdoba. Por su condición de homosexual hizo solo una guardia, dado que tuvo un percance y empezó a pegar tiros a diestro y siniestro…por lo que la pusieron de freganchina y hacer las camas de todos sus compañeros. 


Antonio Muñoz Caballero "La Paquera de Córdoba"

Sara, como le gustaba que le llamasen fue transexual y un personaje muy querido en Córdoba allá en las décadas de los 70, 80 y 90. Su primer trabajo fue de limpiadora en un asilo de ancianos de la calle Buen Pastor, donde estaba ingresado también su padre. Allí estaba acogida hasta que tuvo un percance con una de aquellas monjas, que sin venir a cuento, le echó por encima un cubetón de agua. La reacción de Sara fue decirle a la monja: “El agua se la podía usted haber “echao” en el mismo coño”…naturalmente la despidieron de inmediato. “La Paquera” o Sara, lo mismo daba, nos dejó en el año 1995 un seis de abril, no sin antes colmar su aspiración de meterse en la piel de su artista preferida la gran Sarita Montiel y poder actuar encima de las tablas del escenario de su tierra…el maravilloso Gran Teatro. Su recuerdo se mantiene aún vivo por su Plaza de la Corredera, por la calle Montero y por las Plazas de San Agustín y San Juan de Letrán cuando llegan las fiestas del carnaval cordobés. 


Juan Rodríguez Mora "Juanito el Anticuario" y "Duque de la Mezquita".

Juan Rodríguez Mora “Juanito el Anticuario" nombre con el que toda Córdoba le conocía, llevaba a Cordoba en su corazón. Por eso, él que fue un hombre curtido y cultivado en amplios y abiertos horizontes europeos y americanos, supo gustar y catar más profundamente lo andaluz y lo cordobés. Andalucia le mereció siempre un gran respeto, de ahí que todas sus realizaciones populares estuvieran llenas de un sentido serio del humor y fueran dirigidas a una mayor gloria y conocimiento de su Córdoba. Generoso, amigo entrañable y sincero supo rodearse de quienes como él, sentirse y saberse cordobés era, no un tópico, sino una anímica necesidad biológica.
Vivió a la sombra de la Mezquita-Catedral, y, tal aproximación, le imprimió carácter, mucho más cuando un grupo de amigos le otorgaron, como título honorífico salido de las puras raíces del pueblo, el de “Duque de la Mezquita" que llevó siempre con la dignidad y orgullo de saber y ser consciente de que dicho honor le obligaba, aún más, para con la Córdoba eterna y sus amigos.
Fue “Juanito el Anticuario" como respetuosa y cariñosamente era conocido en todo el amplio mundo de las antigüedades, una autoridad en la materia, a la que había que acudir en los momentos de duda. Profundo conocedor de la pintura, reunió con tesón y trabajo, una colección pictórica digna de un museo. Las antigüedades fueron para él mucho más que un negocio, una pasión desbordada. Por adquirir una determinada pieza, que fuera deseada, era capaz de los mayores sacrificios económicos y físicos. Su afán de lograr obras únicas, le obligó a viajar por todos los pueblos de España, rastreando uno por uno; buscando aquí y allá, ese mueble o ese cuadro, que olvidado y oculto, duerme en la oscuridad de la ignorancia. Pocos anticuarios habrá que hayan tenido más personalidad que el “El Duque de la Mezquita". Su espíritu abierto le convirtió en el maestro del que aprendieron muchos seguidores del negocio. 


Alfonso López Garrido. "Marqués del Cucharón".

Durante años fue pilar y sostén de numerosas fiestas populares cordobesas,) fundando con un grupo de amigos la celebérrima peña “Los 99” de la que fue su presidente. Esta entidad, que contaba entre sus socios a cordobeses tan cualificados como “El Marqués del Cucharón" o “Miguelito del Río", fue de las pioneras en hacer notar su presencia tomando participación activa en todas las fiestas tradicionales cordobesas, prueba de ello fue la decisión valiente que tomaron en el año 1936, salvando con la misma, la emotiva Romería a Santo Domingo de Scala Coelis. La cuaresma del año treinta y seis, por desgracia para España entera, no se presentó en las mejores condiciones para poder celebrar dicha romería. Los ánimos estaban exaltados; por un momento se pensó en su suspensión; de todas formas para su realización se precisaba de la autorización gubernativa, no muy dispuesta a la concesión. Juan Rodríguez Mora, sin otras miras que el amor que sentía por Córdoba y sus tradiciones, se fue derechito al despacho del Gobernador Civil a solicitar la necesaria autorización para su celebración. Una vez en aquél despacho y en el transcurso de la corta conversación que sustuvo con la máxima autoridad cordobesa, “Juanito el Anticuario", pudo al fin, convencerle de que de celebrarse aquel acto romero, nadie se lo tomaría como una provocación, sino como una simple reunión, familiar de amigos y amigas, dispuestos a rezarle al Cristo de Scala Coeli y pasar de camino un buen día de campo en nuestra incomparable Sierra cordobesa. Y que no se preocupara porque nada iba a suceder ni durante el recorrido de la Romería ni más tarde en el Santuario. Tanta fue la convicción y la fuerza de sus palabras que el gobernador acabó accediendo a darle el permiso para su celebración. Así fue como “El Duque de la Mezquita" organizó y celebró la Romería al Santuario de Santo Domingo de Scala Coeli del 1936, año que dio comienzo la guerra entre españoles. Por cierto que, al no ser los miembros de la Peña “Los 99” hábiles jinetes, cambiaron los briosos corceles por borriquillos de los arrieros. ¡Pero lo más importante de todo fue que la Romería se pudo celebrar!.
Ninguna otra persona ni entidad, pudo darle tanto sabor a nuestra feria de Mayo, como lo hiciera Juan Rodríguez “El Anticuario” y su peña. Cierto año, y como la peña “Los 99” había sido creada, más que como competitiva réplica, como versión cordobesa, invitaron a todos los miembros de la sevillana Peña “Los 77” a que compartieran unos días con ellos de nuestra feria.
De Sevilla se desplazaron todos los componentes acompañados de bellísimas jóvenes ataviadas con el clásico vestido de gitana, presididos por su rector, el célebre “Maestro Realito". La estancia, el alojamiento, la bebida y comida de todos los invitados corrió a cuenta del presidente de la Peña anfitriona. Y, es que a generosidad y detalles de gran señor era muy difícil ganarle. Buena prueba fue el recibimiento que les organizó. Los peñista sevillanos se desplazaron en un tren Botijo especial, y, cuando arribaron a nuestra capital, vieron sorprendidos, que en la estación les esperaba La Banda Municipal de Música lanzando al aire armónicos acordes de pasodobles toreros, así como la totalidad de los peñistas cordobeses, acompañados también de señoritas vistiendo el traje de faralaes. Y si la sorpresa del recibimiento fue grande, mucho más lo fue al salir del edificio de la estación al observar como les esperaban un gran número de caballistas capitaneados, nada menos que por el rejoneador Antonio Cañero con el fin de darles escolta hasta la caseta que la peña cordobesa tenía instalada en el recinto ferial.
Un personaje muy popular de nuestra Córdoba de aquellos años fue Alfonso López Garrido, más conocido con el sobrenombre de “El Marqués del Cucharón”. Era natural del pueblo cordobés de Guadalcazar, donde había nacido el 1 de noviembre de 1905. En el 1910 se establece en Córdoba por traslado familiar. Autodidacta en su formación artístico-humanista, gran amante de la arqueología, pintura y cartelería. Fue defensor y propulsor en su persona de las más puras esencias del casticismo cordobés, en sus manifestaciones más populares, e impulsor de, los Patios Cordobeses, Romerías de Santo Domingo y Virgen de Linares. Monta varias Cruces de Mayo, en especial, la del año 1957 en la Plaza de Las Beatillas. Funda con otros la Peña “El Cucharón" y es reconocido como socio de honor por la Peña “Los Compadres" ambas ubicadas en la taberna “Casa Pepe” de la calle Rejas de Don Gome en el típico barrio de San Agustín.
Fue también muy amigo de los socios de la Peña “El Limón" donde se reunía con el popular músico Ramón Medina.
Amigo de los subalternos y maestros del toreo como el famoso banderillero Francisco Molina Martínez “El Frasqui" que vivía en el barrio del Matadero Viejo (Torre de la Malmuerta) o de los picadores Rafael Márquez Muñoz “Mazzantini" y José de la Haba “Zurito"; con estos últimos se le veía alternar como clásicos cordobeses en las tabernas de Santa Marina o de la Fuenseca.
Fundador junto al “Duque de la Mezquita" , y otros como “Miguelito del Río”, de la famosa Peña “Los 99” amigos del silencio, creada en el 1935 en “Casa Pastor” ubicada en la calle Duque de Horchuelos, siendo él su presidente. En su Peña “Los 99” le apodaban “El Marqués” por su educado y elegante porte así como por su figura delgada-mayestática en sintonía con la tópica imagen nobiliaria. Lo de “Cucharón" lo originaba su presencia en los muchos peroles que celebraban, donde aparecía siempre con un cucharón de madera de voluminosas dimensiones. El bautizo con este nombre fue efectuado en la feria sevillana de Abril de 1936 debajo del chorro de agua de una fuente pública.
De carácter serio aunque abierto, cercano y dicharachero, en los años cuarenta organizó junto antiguos miembros de la peña “Los 99”, las casetas “Los 33”, “Er 44” y “Los amigos del Maestro Currito". En la feria de Mayo de 1945, se le reconoció su cordobesismo, en la caseta “Los Caimanes-Los Seguros”, entregándole un pergamino, junto a también homenajeados el “Duque de la Mezquita” y otros títulos nobiliarios populares, como el “Vizconde del Verso” a Juan Morales Rojas. Su porte heterodoxo en el baile de las sevillanas lo admiraron cuantos lo contemplaban.
Personaje que aglutinaba senequismo y alegría andaluza, el “Marqués del Cucharón", fue muy querido y admirado tanto por potentados como por personas de muy humilde condición. Su labor profesional la desarrolló en la empresa CENEMESA como jefe administrativo y relaciones públicas. Gran dibujante colaboró en los años treinta en la revista “Cofradías cordobesas", y como escritor participó en los años cincuenta en la revista “Feria de Mayo"; en uno de sus artículos exponía, como amante de la arqueología, la posible ubicación de la ciudad residencial de Almanzor Medina al- Zahira.
“El Marqués del Cucharón” con su sapiencia costumbrista daba a los peñistas enseñanzas con solo estar presente, ya que transmitía sin proponérselo las esencias puras del mejor cordobesismo.
Un actorazo como la copa de un pino fue José Priego García. Ningún otro cordobés puede como él presentar un tan extenso y completo programa de actividades realizadas en pro del teatro de aficionados. Durante muchos años, fue dentro del ambiente local una institución y el eje sobre el que giró la vida teatral cordobesa, a la que prestó, siempre y en todo momento, su colaboración valiosa y desinteresada.
Su irrefrenable afición teatral le nació pronto, cuando aún era un niño intervino en el teatrito del colegio de los Salesianos, donde se despertaron tantas inquietudes artísticas.
Su vida estuvo consagrada a dos actividades artísticas: el teatro y la platería. El primero fue su ilusión, el segundo su profesión, en la que no logró los éxitos mercantiles que obtuvieron otros, quizá menos capacitados. Como platero ejercía de sacador de fuego y hasta que se estableció por su cuenta en la calle Hornillo donde su tío estaba de conserje en el Colegio Médico, trabajó en la tienda de Sucesores de Luís López Rueda, en la calle de la Feria donde fabricaban el clásico género cordobés: cubanas, aretes, tresillos, etc, junto con sus compañeros: Antonio Blancas, Baena, Tallón y Antonio “El Caja", al que llamaban así porque ese era el instrumento que tocaba en la Banda Municipal. Una vez que sus hermanos Pepe y Antonio pusieron taller propio, él se fue a trabajar con ellos y les llevaban los demonios escucharlo todo el día recitando hasta el extremo que los oficiales del taller llegaron aprenderse de memoria el Don Juan Tenorio ya que su jefe declamaba constantemente todos los personajes del mismo. Igual ocurría cuando venía a Córdoba alguna compañía de teatro y sus integrantes iban al taller y suspendía el trabajo, como sucedía con la mayoría de las compañías teatrales, ya que grandes amigos suyos fueron: Rambal, Paco Pierrat, Bertini, etc.
El teatro fue su auténtica vocación, y aunque tuvo atractivas y sustanciosas proposiciones para pasar al campo profesional las desechó siempre, aunque no por ello, dejará de sacrificarse y supeditarse al mismo. De haberlo querido hubiera sido actor profesional de primera categoría, porque facultades y condiciones le sobraron para ello y en muchísimas ocasiones lo demostró.
Excelente recitador sabía decir el verso con sencillez junto con las matizaciones precisas para transmitir a los espectadores la más sutil expresividad. Cultivó con fortuna todo el campo teatral, desde al clásico de verso hasta el regional andaluz que de tan de moda estaba entonces. Precisamente representando una de esas obras, “Sol y Sombra" de Quintero y Guillén y dando vida al personaje Manolo Campos fue donde obtuvo mejores y más repetidos triunfos. Igual suerte le acompañó, cuando por toda la geografía española, representó el papel de Fiscal en la comedia “Morena Clara", en la que demostró una enorme ductibilidad y una gran capacidad para adaptarse a todo tipo de personajes, a los que daba e infundía intensa realidad humana, por eso, fue siempre, lo que se llama en el argot teatral cabecera de cartel, y, no por arrogancia petulante, tan propia de ese mundo, sino por su calidad de actor, condición que ninguno de sus compañeros se atrevieron poner en duda.
La comedia en que tomaba parte, tenía por tal circunstancia, un enorme atractivo, Segurísimo en el decir y sobrio en el hacer, sabía suplir, con naturalidad y gracejo los posibles fallos que tan corrientemente se dan en las representaciones teatrales de aficionados. Su dominio del escenario imponía serenidad y servía de calmante a los posibles nervios de sus compañeros. Ponía tanto realismo en sus interpretaciones que a los espectadores que no le
conocían, les costaba creer que aquel actorazo fuera simplemente un platero ajeno profesionalmente a la actividad teatral.
Tuvo tan gran afición y fue tan fiel a la misma, que su nombre se repite una y otra vez en todas las manifestaciones teatrales locales durante varias décadas. Cuando con el tiempo su participación activa como actor, se le hizo penosa y cansada, la sustituyó por la de director de escena, con la que logró éxitos tan señalados como los había conseguido como primer actor.
Su amor al teatro y lo mucho que luchó por él, no tuvieron una justa recompensa, ni por parte de las autoridades culturales de su época ni por sus compañeros; y, aunque la Agrupación Lírica “San Alberto Magno" que dirigió en toda su existencia, le ofreció una función de homenaje el 30 de Diciembre de 1954 en la que se canto en el Gran Teatro, la Zarzuela “El huésped del sevillano", su intensa labor mereció un más señalado reconocimiento oficial. Murió en tierras catalanas donde había trasladado su taller de platería. 


Ramón Medina Ortega

Otro grandísimo maestro que llegó a componer un gran número de canciones a Córdoba sin ser músico profesional, pero que la música la sentía muy dentro de sí mismo fue: el gran Ramón Medina Ortega. No era Cordobés de nacimiento ya que había nacido en Brihuega (Guadalajara), pero sí lo era de sentimientos, corazón y hechos. Llegó a nuestra ciudad muy joven, siendo un niño, diez años, y en ella pasó toda su vida y murió cuando había cumplido setenta y dos. Tocaba la guitarra aprendida en el Real Centro Filarmónico “Eduardo Lucena” de Córdoba donde, además, dio clases de flautín. Sin ser un virtuoso de ninguno de los dos instrumentos, la guitarra la dominaba lo suficiente como para, con paciencia e ilusión, componer lo que le dictaba su fecunda y cordobesísima inspiración que solía acudir a él en horas algo intempestivas, generalmente al amanecer.
Era aún muy niño el maestro Ramón Medina cuando ingresó en el Coro infantil de los niños cantores en la Santa Iglesia Catedral a cargo del Maestro Gómez Navarro a quién dedicara años más tarde una de sus composiciones más celebradas: Caminito del Santuario. Luego vendría su etapa del Centro y la creación de la Peña “El Limón" donde desarrolló con más intensidad su inspiración creadora. El no tener una profesión fija le llevó a desarrollar distintas actividades a lo largo de su vida, así en principio fue droguero y tintorero en el barrio de San Agustín, redactor también con el seudónimo de “Mon-Mina" en los periódicos locales Diario de Avisos y Diario de Córdoba para acabar de representante de productos farmacéuticos. En 1934 y en la taberna que tenía Luís Giménez “El Pancho" en la calle Montero, fundó junto con otros doce amigos la Peña “El Limón".


La llamaron así por el cítrico que estaba plantado en el patio donde ensayaban. Como todas las Peñas cordobesas, uno de los puntos fundamentales, era la realización de peroles, pero como la mayoría de sus doce componentes sabían tocar algún instrumento de plectro, tuvo la feliz idea de organizar una pequeña rondalla entre todos ellos, e interpretaban especialmente las obras del maestro Ramón Medina, quien, durante muchos años asistía diariamente a los ensayos. Su especial vinculación con la Hermandad del Santísimo Cristo y San Álvaro de Córdoba, (que partía de la estrecha amistad que sostuvo con los Padres Dominicos de San Agustín) y su también sincero y sencillo catolicismo le llevó a escribir numerosas letrillas para los cultos del convento a cuyo frailes respetaba y ellos le correspondían con cariño y amistad. Como anécdota se asegura que el Obispo de la Diócesis Fray Albino Menéndez Reigada, solía canturrear, mientras se afeitaba el pasodoble Campo de la Verdad cuya letra y música era original del maestro Ramón: “Si quieres sacar novia / de tipo fino / vete a la barriada / de Fray Albino….
Sus abiertas relaciones con los Dominicos y su ferviente amor hacía todo lo cordobés que fuese popular, le llevaron a escribir la mejor y más conocida canción romera que hasta ahora se haya compuesto: Camino del Santuario, bella obra descriptiva y colorista, no exenta de matices flamencos. Y es que el maestro Ramón Medina era un excelente aficionado al cante, tanto es así que los matices flamencos que se descubren en esa canción se repiten con aires de peteneras en Las Cordobesanas, y en el pasodoble “Juanillo el Chocolatero", donde intercala, con valentía, unos tercios firmes de saetas flamencas al final de la composición. Muchas fueron sus obras que dedicó a cantar las costumbres populares y a los parajes cordobeses: Noches de mi Ribera, Cruz de Mayo, La Cuesta del Reventón, Arroyito de Linares, Callejita de las Flores etc. De todas ellas la que más emoción nos produce es Serenata a la Mezquita, por armoniosa y valiente y creo que también era la favorita del autor. Sirva de ejemplo esta anécdota de la que fui testigo y protagonista a la vez. “Una noche de invierno y terminado el ensayo general del Coro y Rondalla del Real Centro Filarmónico (próximo a la grabación del disco en Madrid), parte de aquellos componentes (veinte o treinta entre los que figuraban el director del Coro don Carlos Hacar y algunos directivos), decidimos ir a la calle Almonas (hoy Gutiérrez de los Ríos) donde vivía el compositor, a cantarle su Serenata a la Mezquita. En el silencio de la noche cuando comenzaron a oírse sus primeros compases, el balconcito del maestro se abrió de par en par, emergiendo de la oscuridad la añeja figura de don Ramón, que emocionadísimo escucho atento su magna obra. Una vez finalizada, se descubrió ante todos quitándose su boina, y con lágrimas en los ojos, mirando al cielo exclamó: “Dios mío ya me puedo morir tranquilo”.
Y al hablar de música, hagámoslo también de otro personaje que llegó a ella para reivindicar la importancia y la profesionalidad de los instrumentos de pulso y púa, creando una de las mejores rondallas que jamás tuvo Córdoba, la formada por Rafael González López hijo de don Ángel González Herrera, primer delegado Provincial que tuvo la Organización Nacional de Ciegos en Córdoba, entidad a la que él también pertenecía en calidad de administrativo y como director-fundador de su propia rondalla con la que obtuvo numerosos premios en los muchos concursos en que participó. Desde su más tierna infancia “Rafalito” González, como cariñosamente se le conocía, dio muestras de tener un sentido musical especialísimo. De pequeño su padre le subía en las mesas de los casinos Labradores y Mercantil para que cantara a sus amigos cancioncillas italianas.


Dos componentes de "la Rondalla González". Juanito Ruiz y  Manolo "El Compadre".

La afición a cantar la cultivo y mantuvo hasta sus últimos días, aunque donde verdaderamente destacó fue como maestro de instrumentos de plectro ya que por los mismos profesionales de esta rama artística-musical llegó a estar considerado como la mejor bandurria de Córdoba y una de las más destacada de España. Por tanto no sería aventurado decir que a él se le debe el auge y el esplendor que llegaron alcanzar las rondallas por los años cuarenta y siguientes, como así también, la gran afición que desde entonces ha existido en nuestra ciudad por tales agrupaciones. De casta le venía su afición por la bandurria en particular y las rondallas en general, ya que su padre al hacerse cargo de la dirección del antiguo Club Filarmónico Rubio, que tanto prestigio llegó a tener, creó una estudiantina que llegó a competir, en calidad y categoría, con las mejores de Córdoba, y siempre hemos presumido y con razón, de tener las más importantes agrupaciones musicales de esta modalidad de toda Andalucía.
Aún muy joven fundó su propia agrupación: “La Rondalla González”, que participó en numerosas actividades lirico-populares, poniendo una muestra de buen gusto y categoría musical en las mismas. “La Rondalla González”, fue, no solo la mejor de su género, sino una firme demostración de la capacidad artística del pueblo cordobés. Una muestra de la popularidad y categoría artística de “La Rondalla González ” nos lo indica que por los años cuarenta empezaran a actuar como plato fuerte en los más importantes Bares y Cafés de Córdoba (“La Perla", “El Bolero, “El Playa", “El Kiosco Azul" etc.). 


Varios componentes de "la Rondalla González". Entre ellos Juanito (Bandurria) y El Compadre, (Guitarra).

La Rondalla de “Rafalito” González, estaba entonces en uno de sus mejores momentos gracias a que también tenía los mejores instrumentistas. Abría que recordar a los: Víctor, Benítez, Bernabé, Bodoque, Juanito Ruiz, Antonio “El Habichuela", Timoteo, Emilio, Rafael Rodríguez (hijo del constructor de guitarras de la calle Alfaro), Olmedo, Ruz, y Manuel Rodríguez Castro “El Compadre", primer guitarra de la popularísima “Rondalla” además, de padre de quien abajo firma. 



NOTA.- Naturalmente que el libro no acaba aquí. Esto son solo unas pinceladas del contenido del mismo, al que iremos desgranando, poquito a poco, para llegar a conocerlo en su totalidad. Es evidente que el autor Luís Melgar Reina y su colaborador José R. Solís Tapia, con esta serie de hechos aislados y no conexos, nos han querido dar una visión muy completa de la forma de ser y sentir de un pueblo, de este nuestro querido Pueblo de Córdoba. 

Ellos lo escribieron y yo me he limitado a contarlo…a mi manera. 

                                
Antonio Rodríguez Salido.- 
Compositor y letrista.-
Escalera del Éxito 176.-




martes, 7 de julio de 2020

La Córdoba de mi tiempo (I) 



En este periodo de confinamiento he tenido tiempo pa' to': para pensar, para leer, para escribir e incluso para hacer limpieza en mis viejos estantes donde reposan varias docenas de libros, la mayoría de temática taurina y como no, algún que otro más, relacionado con “usos y costumbres” de nuestra tierra. Pero mi sorpresa de hoy ha sido darme de bruces con uno de esos ejemplares, que a veces, nos regalan, luego leemos, después guardamos y…si te vi no me acuerdo. Tiene que ocurrir éstas cosas que nos está pasando, para que dediquemos un tiempecito en organizarnos y en repasar todo aquel tesoro literario que con tanto amor y celo hemos ido acumulando en nuestros anaqueles a lo largo de nuestras vidas. Este libro al que antes me refería, fue escrito por un brillante personaje muy querido por la sociedad cordobesa, pontanés de nacimiento y que vivió con nosotros en nuestra Córdoba desde la corta edad de sus 11 años hasta el día 9 de noviembre de 1989, fecha de su fallecimiento. Su nombre completo: Luís Melgar Reina, extraordinario conferenciante, publicista y comentarista de temas diversos, habiendo obtenido varios galardones por entidades españolas y extranjeras, destacando el Premio Nacional “Ricardo Molina" instituido por el Ayuntamiento de Córdoba y ser además, el fundador, entre otras, de la Peña Flamenca de Córdoba y la de ¡Ole! y ¡Olé! en los altos de la cervecería “El Coto” que regentaban, por aquellos años, los hermanos Ramón y Pepe Arránz. Este magnífico escritor, en su juventud, tuvo inquietudes artísticas llegando a formar parte del Teatro Español Universitario y del Cuadro Artístico de la Emisora E.A.J. 24 Radio Córdoba. En el año 1956 y durante varias ediciones, fue miembro del jurado del Certamen Nacional de Flamenco de nuestra ciudad. Fundador del “Aula Flamenca" en la Voz de Andalucía y de la página flamenca del diario CORDOBA, llamada “Café Cantante”. Creando junto a su inseparable amigo Ángel Marín Rújula la página semanal flamenca “Arte, Genio y Duende” que durante muchos años, vino publicándose en el diario Córdoba.
Luís Melgar Reina escribió y colaboró en los siguientes libros y publicaciones: “Córdoba”, “La Saeta”, “El Cante Cordobés”, “Saetas, Pregones y Romances Litúrgicos”, al alimón con Ángel Marín Rújula. Y finalmente el libro de bolsillo “Cosas de Córdoba, Anécdotas, Vivencias, Nostalgias, que define la vida provinciana de los cordobeses, rindiendo homenaje a sus “cosas", sus costumbres y tradiciones, especialmente de aquellos hombres populares que vivieron en las décadas comprendidas entre los años cuarenta a los setenta del pasado siglo XX.


Córdoba ha sido siempre rica en hombres populares, hombres sencillos, de aptitudes singulares, de desbordante personalidad en su modestia; hombres que brillaron con luz propia dentro del marco, a veces demasiado estrecho, de la sociedad en que les tocó vivir; hombres que dejaron un anécdotario tan copioso que, se podrían llenar varios libros con sus lances y hechos a cual más peregrinos. Todos los singulares personajes que se citan en el mencionado libro gozaron de una gran y justa notoriedad. 
Infinidad podíamos evocar, como aquel pobrecito llamado “Blas” que imitaba el ruido del tren y tuvo la desgracia de morir atropellado por un automóvil; o “Patasfinas”, gracioso hasta con su propia muerte. 
Tan fue así que un día, bajando por la calle de la Feria se encaminó al Guadalquivir. Cuando llegó a los barandales de la Ribera se subió a ellos con ánimo de poner fin a su vida. La gente, ante tan trágica e insólita situación, se aglomeró en torno a él, que enarbolaba un cuchillo de grandes dimensiones para impedir que nadie le sujetara. Sin dar ninguna explicación que justificara su suicidio y con toda tranquilidad del mundo, se dirigió a los presentes preguntándoles: “¿Queréis argo pa' Sevilla?”… Acto seguido se arrojó al río ahogándose, sin que a nadie de los presentes les diera tiempo a socorrerlo. 










En Córdoba existen tres frases muy populares que aún se usan en la actualidad: frases que no tienen ningún sentido a no ser que se conozcan las raíces u orígenes de las mismas. Hace años en Córdoba, había un magnífico artesano, estuchista, oficio de raigambre local que creemos ya habrá desaparecido y que dio origen a una de dichas frases. 

Este artesano “Zabala" de apellido, tenía una poblada barba y no menos frondosa cabellera que le daba un aire de profeta bíblico; tanta abundancia de cabellos tenía que dio motivo a este dicho popular: “!Tienes más pelos que Zabala!”. Otro que dio lugar a la creación de otra frase común fue “Mediaoreja" a quién también se conocía por “Peñitas" ya que vendía piñas y también hierbas aromáticas que se suelen criar en buena parte de nuestra Sierra cordobesa: romero, tomillo, poleo, orégano, hierba Luisa, etc, y como tenía más concha que un galápago, el pueblo, siempre sabio, creo la frase: “!Tienes más orégano que Mediaoreja!”. Buena prueba del orégano o intención no clara que tenía lo demostraba con este pregón que decía, cuando pasaba por su lado alguna sirvienta guapa, con la compra hecha de la plaza de la Corredera: “!Niñas esoyarse er conejo, que yo me llevo el pellejo!” “!Se com…pran!”. Otro de sus pregones era: ¡Niños, niñas / tirarse al suelo / romperse el babero / pedirle a la madre / que os dé dinero / pa' piñas comprarle / a este piñero. El pregón lo remataba con una frase que se hizo muy popular: “!Ni…ña! ¡A las buenas piñas! ¡Con su rabito y to’!



El tercer personaje que motivó la formación de otra frase popular fue “El Puntas" carpintero de profesión, vecino del Alcázar Viejo y que se pasaba la mayor parte del día “pegándole al cristal" en “Casa Adriano" de la calle La Pierna y cogía unas “curdas" tan gordas que fue la causa de esta frase: “!Eres más borracho que “El Puntas!”. 


Un caso curioso fue el cordobés que murió de pena al no tener, durante unos días, tabernas donde ir a tomarse unos medios. Y es que todas las tabernas cerraron cinco días seguidos, en tiempos de la dictadura de Primo Rivera. Este hombre se llamó José Gálvez Martínez más conocido por “El Grillo" buen aficionado al cante llegando a intervenir en espectáculos de verano en los kioscos de bebidas. Era de oficio encalador, estaba casado con Encarnación, castañera, que tuvo muchos años el puesto en la plaza de Almagra y que los días que había festejos taurinos plantaba el puesto de agua fresca frente a las puertas de la antigua y desaparecida plaza de toros “Los Tejares". El matrimonio vivía en la conocida Casa de las cancelas, en la plaza de la Paja n° 2. 


Y al hablar de “curdelas" de categoría no podemos olvidar a: Julio “El Pescué", betunero que vivía en la calle Horno 24. Paco “El Tigri" su compañero de oficio.”El Cisqui" charolista, que vivía en el barrio del Alcázar Viejo. “El Petotes" y “La Petota" pareja que iba por las tabernas pidiendo las escurriuras. “Petotes" fue vecino mío de barrio. Vivía en Siete Revueltas en la casa de “El Sótano”, y conozco algunos abusos del que fue triste protagonista ésta infeliz, noble e inculta persona. El pobre Petotes solía hacer su vida diaria en la llamada Plaza Grande de la Corredera. Hacía mandados, se cargaba bultos, limpiaba algunos puestos, recogía los desperdicios…y, por razones de su edad, tenía el pobre hombre “el muelle flojo" y constantemente se hacía pis encima. Olía mal, un poquito? a “zorruno”. Pero había gente que no tenía ningún reparo en dañar aún más su imagen e incluso su delicada salud. Por un vaso de vino le hicieron tragarse un ratón vivo previamente remojado en la bebida. Eso eran abusos y falta de corazón de aquellos que ayudaban a ese pobre infeliz hacer “cosas" semejantes.
A otro que le llamaban “Dos duros" y trabajaba de enterrador, en sus efluvios etílicos, aseguraba ser Labrador de Tierra Santa. 

Coronamos estos breves recuerdos sobre los “tajarinas” más populares de Córdoba, plasmando en nuestras páginas el grato recuerdo de una persona harta cariñosa, de nombre: Manuel Ceular y de apodo “El Directo" gran admirador del más grande torero de aquella época . Sabido es que el matador de toros Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”, arrasó con su arte y se llevó a su favor multitud de aficionados que le seguíeron como el ídolo que era y, como no podía ser de otra manera, Manuel Ceular “El Directo" fue uno más de los que no se perdían por nada del mundo una corrida del “Monstruo”, aunque no dispusiera de medios económicos. Su amistad con el diestro le soslayaba tan grave inconveniente, ya que el generoso torero le regalaba la entrada.

Si “Manolete" toreaba en plazas alejadas de Córdoba “El Directo" se las valía como podía para desplazarse a la población que fuese. Su admiración hacia el torero rayaba en lo paranoico y ello le invitaba a realizar actos increíbles, así se asegura que una vez que el diestro de Córdoba toreaba en Barcelona se presentó allí dispuesto a presenciar la corrida. “¿Pero tú como has venido hasta aquí?” Le preguntó José Flores Camará en la puerta del hotel donde se vestía “Manolete". “!En los topes de un mercancias don José!” le contestó Manuel Ceular. Y era verdad, apoyándose como pudo y sujetándose con la fuerza suya, aguantando el calor, soportando el viento y sorteando los peligros constantes, “El Directo" recorrió nada más y nada menos que cerca de ¡novecientos kilómetros!
Manolo “El Directo” tenía un defectillo que le gustaba siempre tomarse una copita de más. O sea, que su afición por el “veinticuatro” corría pareja con la que sentía por “Manolete” y los toros. Eso sí, que aunque estuviese “mamao" jamás se metía con nadie. No le importaba el sitio donde realizar su “faena”, lo mismo le daba una calle, una plazuela o en medio de la vía pública. Él se quitaba su chaquetilla y se ponía a torear en mitad de la carretera a los coches que por allí pasaban y en alguna ocasión estuvo a punto de ser atropellado por más de un vehículo a los que sorteaba dándoles pases de muleta. Él iba a lo suyo: más
serio que un ajo y más derechito que una vela, realizaba la parodia de una corrida de toros, desde el paseíllo hasta el arrastre. A veces la chavalería le jaleaba la faena y le tocaba hasta las palmas y él correspondía saludando con una imaginaria montera en mano. Fue nuestro hombre una persona tranquila que no pretendió nunca molestar a nadie con sus “cosas”. Si no gustaba lo que hacía y alguien le recriminaba su actitud lo dejaba y se marchaba, sin decir ni pío, a otro sitio donde se lo permitieran. Tanto era así que un día que se encontraba dando unos pases en la plaza de San Agustín, llegó un gracioso que animado por unos cuantos amiguetes suyos, sacó de la taberna de La Paz, una cubeta con agua y se la arrojó a la cara empapándolo de arriba a bajo. Manuel paró su faena, y con mucha parsimonia, sin cambiarle la cara siquiera, miró su ropa mojada y echándose la chambra, que le había servido de muleta, al hombro izquierdo dijo mientras se alejaba, marcando el paso como si hiciese el paseíllo… “!Señores! Se suspende la corrida por lluvia”.
Yo fui amigo personal de sus dos hijos, Manuel (que trabajaba de escayolista con Zurita en la calle Reyes Católicos durante el día, y por la noche, excelente bailaor. Manolo pertenecía desde muy jovencito al grupo de baile de la Sección Femenina de Educación y Descanso de Córdoba. Su hermano Rafael brillante bailarín de danza española formaba pareja de baile también con la estupenda bailarina cordobesa Angelita de las Heras. Con los años dejó el baile y se dedicó por completo a atender su pequeño negocio de hostelería de la avenida de Los Almogávares. De todo esto, creo yo, que lo más destacable del célebre Manuel Ceular “El Directo" fue, que todo su arte se lo transmitió a sus dos hijos varones que fueron dos “peasos” de artistas. 

Cambiamos de tercio para recordar con añoranza, aquellos otros personajes que se hicieron muy populares en Córdoba, a mediados del pasado siglo XX, y que se buscaron la vida con la venta ambulante. Quién de aquellos que hoy tienen cincuenta o sesenta años no recuerda aquél buen hombre, más que maduro rayando en la vejez, que tocado con el clásico sombrero cordobés pateaba la ciudad desde el barrio más humilde hasta la zona más céntrica, ofreciendo riquísimos pestiños que portaba en una bandeja redonda de cartón pregonando: “!Pero que ricos están! ¿No queréis más?”. Ni al también castizo vendedor de hojaldres, que con las primeras sombras de la noche salía con su hornillo portable de latón voceando su dulce mercancía: “!Hojaldres calien…tes!”. Ni tampoco al “Tío del Mantillo”, que iba con un saco al hombro, gritando en forma de pregón: “!Mantillo pa' las mace…tas!”, era digno de figurar también en la galería de los grandes bebedores ya que, a medida que vendía su mercancía, iba trasegando medios del dieciséis.
Antonia “La de los caracoles”, iba en verano a las cuatro de la tarde, con dos ollas llenas de moluscos gasterópodos, pregonándolos por las calles de Córdoba: “!Caracoles “guisa…os”! Y los chavales le contestaban: “¡Muertos y espachurra…os!”… Ella volvía la cara y les respondía “!Tu puñetera madre si que está espachurrá!”.
Conocidísimo igualmente fue “Pablito el de los Piñones", siempre vestido con su camisa a cuadros blancos y negros, pantalón de pana y cubierto con una boina negra con la que jugaba continuamente sin dejarla quieta ni un solo instante. Un día apareció en la plaza de Las Tendillas, esquina de la calle de La Plata, vendiendo piñones tostados a los que unía para más comodidad para abrirlos un clavito convertido en lanceta. Su popularidad fue enorme; hasta el periódico “Córdoba" le llegó a entrevistar. Cuando Pablito desapareció se rumorearon las cosas más peregrinas, desde que los piñones no eran sino una simple tapadera para encubrir actividades delictivas, hasta que dejó el negocio porque ya había logrado una considerable fortuna vendiendo sus piñoncitos. 





Entre los vendedores ambulantes que existían, había uno muy popular, conocido como “El Tuerto los calcetines". Éste ofrecía su mercancía en una especie de batea cuadrada colgada al cuello, sujeta por medio de una banda o cinta ancha. En ella llevaba: corbatas, gafas, baratijas y como no, lo que le dio el nombre: “calcetines”. Solía establecerse en la zona entre Las Tendillas y la calle Gondomar. 


Un día el maestro Rafael Guerra Bejarano tuvo la necesidad de enviar un galgo verdino como presente y regalo a un amigo que vivía en el pueblo cordobés de Cabra. Pero le preocupaba que al tener el perro hechuras de campeón, tal vez, sería una temeridad enviarlo facturado por ferrocarril ya que había que hacer un transbordo en la estación-apeadero de Campo-Real y se corría el riesgo de que el chucho se perdiera. Pensaba en ello “El Califa”, cuando desde el patriarcal sillón que a diario ocupaba en el Club del que era titular, vio pasar, pregonando su mercancía, “Al Tuerto los calcetines". Rápidamente decidió que lo mejor y más seguro era encomendarle al vendedor ambulante la misión de entregar al perro.
Encantado “El Tuerto los calcetines" cumplió con prontitud y esmero el encargo. Cuando volvió a Córdoba visitó al viejo torero en su casa de la calle Góngora. “Ya está “entregao” el perro, don Rafael. El viaje de ida y “güerta” han “sío” siete “pejetas” y diez céntimos, como osté me dio dos duros aquí tiene lo sobrante”. ¡Muy bien! Muchacho. Dijo el maestro mientras se guardaba el dinero en el bolsillo de su chaleco…quedóse el hombre esperando que el dadivoso torero le diera una buena propinilla por el encargo, no fue así, sino que se dio media vuelta y con ese aire marchoso con el que siempre andaba se fue a su Club, no sin antes despedir al mandadero con una palmadita en la espalda, que muy contrariado se marchó. Desde entonces cuando diariamente pasaba, por donde se encontraba “Guerrita" sentado a la puerta de su Club, lo miraba de reojo y vociferaba con más fuerza de lo habitual. “!!Corba…tas!!...Pañue…los!!... “!!Y por mi madre que ya no llevo más galgos a Cabra!!”. 


Otro popularísimo personaje fue Antonio Carrasco Martín al que toda Córdoba conocía por “Marchena el de la Arena", que la vendía mediante un pregón con jipios flamencos. “!Arena, niña larena! ¿Quién quiere larena? ¡Que la llevo fina y buena! ¿Quién la quiere ? ¡Que la vende Marchena! ¡Niña larena! ¡Ven, cómpramela! ¡No tiene chinos y limpia más! ¡Ni…ña larena! ¡Qué limpia y que buena! ¡Tengo larena! Y de esta forma iba repitiendo su pregón por todas las calles de la ciudad.
Si Córdoba siempre fue tierra de toreros y de pintores, también albergó en su seno a gentes menos brillantes que ocuparon un lugar en la historia de la ciudad aunque como los siguientes, su popularidad fuese adquirida por su “mala cabeza”. A estos les decían “Los Guillaos”… pero tenían nombre y apellidos: Manuel Pérez Garrido, zapatero remendón de la Puerta de Almodóvar y al que se conocía como Manolillo “El Loco". Su locura se manifestaba al entablar diariamente conversación en voz alta con Dios, al que imploraba misericordia y perdón por lo pecados propios y de sus vecinos. Su éxtasis se calmaba cuando se trincaba unos cuantos medios de vino de Montilla. Había otro majara al que le llamaban: “El Señor Barranco”. Ésta persona estaba convencida de tener la Mengemor entera dentro de su cuerpo y ser capaz de transmitir electricidad estática, con el solo contacto de sus manos. Los chavales le seguían “la corriente" y con gran regocijo hacían como si se quedaran pegados en los hierros de una reja, después de sufrir las tremendas descargas eléctrica que mandaban las manos y brazos del Señor Barranco, quien sonreía satisfecho cuando tal cosa ocurría.
Teníamos también a “Cagalejos” que recogía cuantos papeles se encontraba tirados en la calle y los iba guardando debajo de su enorme gorra. Su madre tenía un puestecito de flores en la plaza de Aladreros y el hijo traía, a su pobre madre, a mal traer. Se cuenta que este hombre sufrió un fuerte ataque epiléptico que le produjo una muerte aparente, al extremo de ser depositado en el cementerio; por la madrugada se despertó y viéndose en aquella situación salió corriendo a su casa donde le estaba velando su madre quien al verle entrar por la puerta le dijo: “!Hijo mío! Eres tan malo que ni en el cementerio te quieren!”. 

Artistas callejeros hubo muchos pero vamos a citar solo a dos ellos que fueron los más populares: la señorita Emma Álvarez tonadillera era la vedette de la canción. Actuaba en velaillas como la Fuensanta. No lo hacía tan mal del todo sin embargo el respetable nunca llegó a tomarla en serio, ya que cantara como cantara, lo hiciera bien o mal, el público la premiaba con una lluvia de hortalizas: tomates, pimientos, berenjenas, coles, cardos…que ella gustosamente recogía del suelo del escenario como si fuesen fragantes claveles. Su pasión por el arte fue tan grande que llegó a perder totalmente el sentido del ridículo. Estaba casada con otro personaje singular el Cabo Parrilla.
Artista popular que merece nuestro recuerdo fue “Alicates” cupletero, entrado en años, que visitaba los Patios de vecinos y aquellos otros lugares en que se podía formar bulla y jarana, cantando con voz peculiarísima y sin más acompañamiento musical que el de unas enormes castañuelas cascadas, los cuplés de moda sin que faltara nunca “La hija de don Juan Alba” que había popularizado Concha Piquer y del que “Alicates” hacía una auténtica creación. El mote le venía de tener las piernas tan zambas que apenas podía andar sin muletas.
Curiosísimos eran los apodos con que se conocían a los cocheros de punto cuando, allá por la primera y segunda década del pasado siglo XX, tenían sus paradas oficiales en: el Gran Capitán, delante de la fachada del Gran Teatro; en la Plaza de la Compañía y en la calle Capitulares, que en aquellos tiempos se llamaba Joaquín Costa. Los carruajes que más predominaban eran los llamados Milord y Manolas; la tarifa que regía en el año 1918 era “Tres pesetas hora, por cuatro plazas".

He aquí los nombres con lo que eran conocidos algunos cocheros célebres: “Maltequieres", tan aficionado a los caballos era que llego a vender un rentable puesto de huevos que tenía para comprarse un coche. “Gelera", padre del que fue mozo de espadas Paco Fernández. “Malpiensa", le llamaban así por la postura tan relajada que cogía cuando esperaba en la parada. “Malagana”, porque siempre ponía inconvenientes para cumplir el servicio. “Quemecago" por la postura en que iba sentado en el pescante. “El empalmao”, por ser muy alto de estatura. “Comedurse", porque la mayor parte de lo que ganaba se lo gastaba en la confitería La Perla o en Casa Mirita. “La Browi", por un defecto de sus dedos que parecía que empuñaba una pistola. “La Mecedora", por su evidente cojera, se balanceaba al andar. Célebres también fueron: “El Sacri", “El Cantaor", “El Bolote", “El Comparito", “El Cebollo" y “El Calderas" entre otros. 


“La decencia” es una norma moral que en aquellos años no solían cumplir aquellas jóvenes muchachas que se buscaba la vida entregando su cuerpo a un hombre a cambio de dinero. Una de estas señoritas era “La Pichichi”, sevillana de nacimiento, que tenía su negocio, el más caro y famoso de Córdoba, en la calle Hermanos González Murga, en un edificio ya desaparecido. Se dice que no era guapa, aunque sí muy resultona, simpática y con trapío como decimos los taurinos. “La Casa de la Pichichi" era una institución. De su dueña se cuenta una anécdota que demuestra su popularidad y los conocimientos que llegó a tener entre la clase pudiente. Cierto día se personó en una entidad bancaria a realizar una operación y como pensara que no había sido bien tratada, se dirigió con paso firme y decidido al despacho del director de dicha entidad para exponer sus quejas. Sin permiso de nadie, ni solicitar autorización con una familiaridad del que hace una cosa rutinaria, abrió la pesada puerta y se introdujo con toda normalidad y confianza en aquel lujoso despacho mientras repetía en tono elevado el nombre del director: “!Oye Leopoldo! ¡Leopoldo!...El director que, en esos momentos, celebraba una reunión con conocidos propietarios y labradores no pudo sino balbucir cortadamente: “!Señora, por favor! ¿Quién es usted?... “La Pichichi" que esperaba encontrarlo solo empezó a dudar. La situación se hizo tensa, lo componentes de aquella reunión se miraban unos a otros, temiendo alguno de ellos que le saludase con la misma familiaridad, porque casi todos tenían motivos para ello, hasta que uno de los presentes, célebre matador de toros ya retirado, viejo y con fama de no tener pelos en la lengua, rompió la tirante situación diciendo con toda normalidad: “¿Qué te pasa Concha? ¿Qué quieres? ¡Y usted don Leopoldo no sea más hipócrita y no pregunte quién es, porque a Concha la conoce to'a Córdoba”. 


“La Paquita" no era como podría suponerse una delicada y joven mujer, sino uno de los parguelas más conocidos de la Córdoba de sus tiempos. Presumía de ser un excelente bailarín de salón y como tal actuó, en distintas ocasiones, en los espectáculos que se presentaban en los cabaret locales. En esos cabaret se ganaba la vida haciendo de todo un poco, desde jefe de pista hasta de presentador de artistas. En Córdoba logro tener una gran popularidad que la incrementó cuando regentó la venta de “La Choza del Cojo". Algunos años antes de morir, se retiró a un convento de frailes en la provincia de Jaén, donde acabó sus días.
Se cuenta, sin que podamos confirmarlo ni negarlo la anécdota, que siendo Rafael Sánchez “El Pipo" apoderado de Manuel Benítez “El Cordobés" y con motivo de que el torero de Palma del Río, toreaba una novillada en Andújar, convenció a “La Paquita", para que junto con otro compañero amigo suyo también fraile, actuaran de capitalistas y sacaran, ese día, al torero de la plaza a hombros, pero un conocido comisario de policía, que presenciaba el festejo en el callejón de la plaza se percató de lo que iba a suceder, y, evitó que se realizara lo que pudo ser el hecho más insólito de toda la historia del toreo: un torero a hombros de dos frailes vestidos con hábitos. 

Populares de a pie, en aquellos tiempos, había muchísimos. Muy celebres eran: “El Birorto", que les tiraba el bastón a los chavales cuando le decían su mote. “Manoliyo el Señorito”, un artista del silbido del que era una auténtica figura. “El Tuerto Mures”, uno de los grandes organizadores de “murgas", cuando éstas salían sobre carros. “Borrego" conocido también a nivel de los antiguos carnavales en los que solía tomar parte formando pareja con uno de los hombres con más gracia que haya nacido en Córdoba: “Miguelito del Río”, de locuacidad tajante y exultante sobre todo cuando realizaba una parodia sobre un discurso político que titulaba “La Reforma Agraria" en el que hacía gala de un ingenio y una gracia poco común. “Patatas con caldo", vendedor callejero de periódicos, oficio ya totalmente perdido. Qué le llamaran por su apodo se le hacia insoportable, y, quizás por esa razón se lo decían casi todo el mundo. Claro que cuando oía que le llamaban por su mote, él contestaba con frases mal sonantes. Así cuando iba pregonando: “Llevo el Abice, el Pueblo, el Córdoba… y si alguien le voceaba el mote, él seguía con la misma cantinela “el Abice, el Pueblo…me cago en to's tus muertos… er Madrid, el Marca… me cago en tu puta madre… y otras frases también poco académicas.
Otro muy célebre fue el barbero de la calle Enmedio “Pichirriqui”, y mucho más célebre se hizo cuando se atrevió a salir en una nocturna de “mataó”. Era tanta su afición por los toros que a los clientes los recibía dándole pases con el paño de afeitar, lo que le motivó algún que otro disgusto. En otra época se hicieron famosos también la pareja formada por el albañil “Larios" al que también le conocían por “El Bizco" y Antonio “El Vinagre". Ambos repartían prospectos de mano vestidos de toreros con trajes que les arrendada “Paco Guerrita".



Luego en Córdoba, hubo ciertos personajes muy populares… popularísimos diría yo, como fue el caso de Fernando Heredia. El pueblo llano le conocía por “Carapato", ya que el excelente dibujante Pepe Alcaide se inspiró en su figura física, para la historieta diaria que se publicaba en el periódico CÓRDOBA con el siguiente título: “Como pasa el rato Pepe Carapato". Fernando “El Gitano" cuando yo le conocí era ya viejo, aunque conservando parte de la arrogancia y gallardía que sin duda tuvo en su juventud. Era de los, por desgracia, pocos cordobeses que mantenían el buen gusto de usar y saber lucir la capa española. En las juergas en que intervenía hacía de todo un poco: cantaba, baila y recitaba, y, aunque en ninguna de las tres facetas era un maestro y ni siquiera las llegara a realizar correctamente, como las hacía con tanta gracia y sabia pegar esos pellizcos que solo los de su raza son capaces de dar, gustaba a todos; gitanos, payos y extranjeros. En su vejez, cuando ya no podía mover los pinreles por mor de la artrosis y sus muchos años, sustituía los pasos de baile por unos golpes acompasados con su bastón, del que no podía prescindir para andar. Era amigo de Lola Flores y de Manolo Caracol, que cada vez que venían a Córdoba triunfaban y él no se separaba de ellos ni un instante; les cantaba, les bailaba y hasta les servía de mandadero. Ellos le correspondía dándole sustanciosas propinillas que le ayudaban a vivir aún después de abandonar la ciudad. En sus últimos años se ganaba su cocido a trancas y barrancas en los mesones de la judería, principalmente en “Los Califas" al que acudía las noches que se lo permitían sus muchas dolencias. Llegaba, se sentaba y, con tranquilidad, esperaba a sus posibles clientes. Si observaba que alguna mesa estaba ocupada por quienes podían “meterse en fiesta", los incitaba empezando a canturrear por lo bajini hasta que los interesados miraban; entonces se dirigía a ellos y con una gracia enorme les decía: “Esto no es má que el trailer, la película es muchísimo mejor". 

En sus últimos tiempos de artista vivía el pobre a salto de mata, arropado por sus compañeros que le invitaban a entrar en las fiestas, aquellas en que podían meterle. Estaba ya muy enfermo y, observaron que cuando tomaba parte de alguna juerga en que los señoritos fueran generosos a la hora de pedir empapantes, Fernando se tiraba cuatro o cinco días sin aparecer por “Los Califas". Si se celebraba una fiesta de las grandes en uno de los más espaciosos reservados del mesón en la que, con otros artistas, él tomaba parte, siempre esperaba el momento, para sigilosamente y guardando todas las precauciones posibles se acercaba hacía sí alguno de aquellos platos y como por arte de magia desaparecía la totalidad del mismo bien fuera; jamón, queso, tortilla, llegando a llevarse hasta la carne con tomate o las patatas con mayonesa. Un camarero se percató del asunto y lo vio echarse el contenido de uno de aquellos platos en uno de sus bolsillos de la chaqueta y extrañado le preguntó: “¿Pero, por Dios don Fernando, como es posible que no se manche usted ni siquiera la chaqueta, con el plato de albóndigas en salsa que se acaba de meter en el bolsillo de adentro?”… ¡El ingenio niño! Respondió el gitano. “¿No ves tú, que los forros son de hule?” “!Cuando llego a mi casa “güerco" la chaqueta y no veas…tengo comida pa' tres días!”…. Un genio era Pepe “Carapato".
Otro gitano, pa' matarse de risa con él, era el bailaor Gonzalo de los Reyes de jacarandosa figura y belleza varonil. “Gonzalito” había probado fortuna de bailaor profesional en el mundo del espectáculo flamenco. Lo conocimos ya retirado, medio ciego, con paso vacilante y doloroso como paradoja a su profesión de juventud. Terminó vendiendo lotería por lo mesones de la Judería. Cuando se acercaba a alguna reunión ofreciendo sus billetes y no le prestaban atención, se alejaba murmurando entre dientes: “¡Hay lotería!...!Hay lotería… que va a llegar a Almería de la patá que le voy a pegá a la lotería!”. En su juventud había sido lo que se dice un hombre guapo, arrogante y de facciones finas aunque con un casi imperceptible defecto: tener uno de sus ojos negro y el otro marrón. Él lo tomaba a chacota y parodiando a los faros de un coche a quién se fijaba en sus ojos le cerraba primero el ojo derecho y después el izquierdo y les decía con esa gracia tan suya: “¿Qué prefieres? ¡Luz de población o luz de carretera!”.
Una de las facetas desconocidas de este personaje fue su facilidad para recitar versos. A decir de los que les escucharon declamaba pero que muy bien romances de claro sabor flamenco y andaluz. El gitano Gonzalo tenía una gracia natural tremenda. Contaba que cuando trabajó con la compañía de varietés de los Circuitos Saavedra tenía de compañero, un forzudo que en el espectáculo se anunciaba “El Martillo Cubano" y su número era el levantamiento de pesas. Al finalizar sus ejercicios invitaba a los espectadores a luchar cinco minutos con él encima del escenario y aquél que venciese, la empresa le obsequiaba con un billete de mil pesetas. Naturalmente nadie aceptaba el reto. Pero ocurrió que la mujer del forzudo, que en la misma compañía trabajaba como bailarina de clásico le abandonó y el pobre hombre totalmente desechó dejó la troupe. Como en los carteles de propaganda seguía apareciendo el número del forzudo el empresario habló con nuestro personaje para suplirlo: “!Gonzalo si aceptas te pago cuarenta duros por día! ¡ tú te vistes igual, haces unas pantomimas con pesas falsas, luego retas al público y como ya sabes nadie acepta, luego haces “mutis” y se acabó…! Efectivamente así ocurrió varias noches. Gonzalo era la envidia de los demás artistas. Hasta que fue a Velez-Málaga durante las fiestas locales. 

Allí se encontraban también los componentes de un circo abandonados por el propietario del mismo. Así que casi toda la troupe del circo fue a presenciar la función de varietés en que trabajaba Gonzalito y cuando el presentador anuncio: “La empresa ofrece mil leandras a quien se atreva a luchar cinco minutos con el “!Martillo Cubano!”…Un vigoroso espectador forzudo, pero de los de verdad, componente de aquel circo, se levantó de la silla y entre un francés y un español chapurreado exclamó a voces: “!Je , moi!”….El espanto de Gonzalo de los Reyes fue mayúsculo. En cuanto lo vió levantarse, trato de abandonar el escenario pero el representante de la empresa que se encontraba entre bastidores se lo impidió. “¿A donde vas loco? ¡Aguántalo como sea, que son cinco minutos de ná, hombre!” le dijo. Gonzalo no tuvo más remedio que arquear los brazos y esperarlo…pim, pam, pum.. ¡ayyyy madre mía!…
Luego contaba
… “!Er franchute aquel se subió de un salto al escenario…se vino pa' mí y me “endiñó” dos “galluos" y lo “úrtimo” que oí fue que me dijo: “!Ahoga er definiti” y !zás! me pegó un puñetazo en la nariz que vi un montón de luces de to’s los colores. Y cuando mi “disperté” estaba en la fonda con to' er cuerpo hechito ‘porvo’!”…
Al final de su vida artística hacía una parodia de un picador de toros al que le embargaba el miedo. Se metía entre las piernas una escoba, como si fuese montado a caballo o en un bastón y se bailaba unas bulerías cómicas graciosísimas mientras decía solamente: “¡Caba…llo, con la mosca!”. 

Continuará… 


Antonio Rodríguez Salido.-
Compositor y letrista.-

Escalera del Éxito 176.-