miércoles, 1 de julio de 2026

 BIOBIBLIOGRAFÍA


Enrique Sánchez Campos,

Enrique Sánchez Campos, funcionario del Estado, natural de Melilla y residente en Córdoba. Diplomado Universitario en Enfermería, Aptitud Pedagógica del Profesorado de Enseñanza Secundaria y Delineante-Dibujante.

Miembro de la Unión Nacional de Escritores de España, del Ateneo de Córdoba y del Instituto Español de Ciencias Histórico-Jurídicas.

Fundador de la Asociación Nueva Poesía de Córdoba.

Fundador de la revista Castillos de Córdoba. Dirigió las revistas Arcángel San Rafael Custodio de Córdoba y Castillos de Córdoba.

Delegado Permanente de Poesía de la UNEE.

Articulista, narrador y poeta, cree en la palabra como medio de entendimiento entre culturas. Incluido en numerosas antologías y colaborador habitual en varias publicaciones.

Algunos de sus trabajos han sido premiados y fue distinguido con la Medalla de San Isidoro de Sevilla por la Unión Nacional de Escritores de España.

Ha publicado los libros: Tratado de la nostalgia y otros estados de ánimo, Epístolas de frontera, Antes de que el eco se lleve las palabras, Poema del toro lorquiano, El hombre mínimo, Córdoba es poesía, Gnosis, A Córdoba su Arcángel.


Poema del toro lorquiano

Dedicatoria

Con admiración a María del Carmen Serrano Pérez de la Lastra, licenciada en Bellas Artes, con la especialidad en Conservación y Restauración de Obras de Arte, por el magnífico trabajo realizado sobre las diversas piezas de vestuario y trajes taurinos, hoy expuestas a los visitantes para contemplación y disfrute, en el Museo Taurino de Córdoba. Gracias también a los demás miembros del equipo de trabajo.

In memoriam a mi amigo Emilio Álvarez Hans, quien me sugirió escribir el “Poema del toro lorquiano” en prosa, para que pudiera representar a la Taberna de la Fuenseca en un certamen de relato taurino.

En el recuerdo, mi agradecimiento y estima al gran ausente Gonzalo Góngora Navarro, secretario de la Federación Provincial de Peñas Flamencas de Córdoba y presidente de la Peña Flamenca de Córdoba. Él me hizo creer en el “Poema del toro lorquiano”, cuando lo recité por primera vez en la Taberna de la Fuenseca y me pidió una copia para dotarlo de acompañamiento musical.


POEMA DEL TORO LORQUIANO


Gitanos pintaba Lorca

en los campos machadianos;

¡habrase visto una etnia

más sufrida y luchadora!


Esta historia que relato,

la suerte de un torerillo

que sintiendo el arrebato

de alcanzar fama y tronío,

con un capote de grana

saltaba las alambradas

y, musitando un quejío,

entre las púas oxidadas

dejaba al miedo clavado.


Se enfrentó al toro más fiero

con su capote por arma,

y no sonaron las palmas,

se escuchó tronar el cielo.


La muerte negra nadaba

entre los mares de olivos,

y el toro negro cavaba

retándola en desafío.


Ambos guardan la distancia,

disputándose la vida

del que arte y elegancia

apuesta en esta partida.

La luna se balancea

en un arco de prudencia,

desde la oscura presencia

a las astas se recrea.


La luna, asomada al cielo,

en el balcón de la noche

todo vestido de luto,

presagia grave suceso.

La luna, con un reproche,

cubre su rostro involuto

con velo de negra noche,

tejido de pena y luto.


Campos de dolor y llanto,

campos de muerte y tragedia;

tierras de sombras y espanto,

de alambradas y dehesas.

Cascos que van golpeando

con trote la tierra negra;

botas que aplastan las voces,

los quejíos de la miseria.


Cascos de toros sangrientos

buscan venganza en la tierra,

hundiendo pesuño y hueso

en la piel de la dehesa.


¡Toros de afiladas astas,

fieras de temida casta

blandiendo cuernos de acero!

Toro lorquiano, negra nube,

que allá en la noche…

Polvareda oscura de sabores,

barrunto negro de sangre y muerte.


Toro lorquiano que al monte sube,

dile que vuelva con su reproche

por el camino oscuro de los dolores;

barrunto negro de sangre y muerte.


Manchas de negra sangre

son tu sendero;

manchas de negra muerte

que yo no quiero.


Las voy pisando en la sierra oscura;

si vivo muero, si muero vivo;

quiero vivir porque no muero,

quiero morir porque no vivo.

¡Ay, toro negro de mi locura!


Dama de muerte,

claro y oscuro.

Noche enlutada,

sabores negros.


Noche enlutada,

claro y oscuro.

Dama de muerte,

sabores negros.


Pisando vienes,

fiel pasajera,

llévame pronto.

Suerte y conjuro,

jinetes negros.

Toros de muerte,

toros de luto.


Suerte y conjuro,

jinetes negros.

Toros de muerte,

toros de luto.


Mezcla de acres,

tristes presagios;

negros sabores,

duelos y adagios;

oscuras peñas,

negros caminos

de negras flores.


Tonos de luto

trae la mañana;

hay nubes negras,

manchas oscuras.


Ayer fue sierra,

hoy es sabana;

ayer tinieblas,

hoy casquivana.


Yace entre sangre negra

el negro jinete,

un rayo negro asoma

en el minarete.


Cubre su frente oscura

mientras la muerte,

cava su sepultura

por toda suerte.


Dama de negro,

sombra en la noche;

cuernos de acero,

sangre y reproche.


Toro lorquiano, negra nube,

que allá en la noche…

Polvareda oscura de sabores,

barrunto negro de sangre y muerte.


Vuelves entre la bruma

desde lo alto,

eres toro de muerte,

toro lorquiano.


Un capotazo suelto

y oscura runa,

una herida sangrante

y un altozano.


Una negra figura yace partida,

con su cintura rota por asta fría.


Noche en la noche dormida,

muerte de negra agonía;

pactos de dolor y muerte,

conjura en la serranía;

toros bramando a la suerte

y mañana ensombrecida.


Noche negra y sentida;

negro presagio,

triste barrunto;

negro y oscuro difunto,

mañana parda y sombría.


Miradas de desafío

en la enlutada mañana,

miradas de escalofrío

del toro y la negra dama.


Ya comienza a aparecer

la anochecida mañana,

tan triste y oscura es

como el doblar de campanas.


Ya vienen los mayorales

con sus picas y sus varas,

los toros en los jarales

con las cuernas enlutadas.


Sangre oscura en la dehesa,

sobre tierra salpicada;

un ramo de flores negras

de su pecho se derrama.


Entre sus manos colocan

un cristo de fina plata,

y sobre su boca un beso

deja su novia gitana.


El patriarca, muy serio,

sin hablar mueve la vara,

y cuatro gitanas viejas

al torerillo amortajan.


Un traje de luto negro,

porque negra es la mañana;

lo envuelven en su capote,

lo introducen en la caja

de oscura madera negra,

mojada de negras lágrimas.


Se oye el rumor del silencio

y el doblar de las campanas,

y el musitar de los hombres,

y el llanto de las gitanas.


Mientras que la oscura niebla

oscurece la mañana,

la noche no quiere irse

y de luto la engalana.


Allá, sobre el minarete,

está subida la luna,

lleva ojeras enlutadas,

y su cara maquillada

brilla color aceituna.


Ya no entra en los corrales

ni se baña en el arroyo,

ni juega con los erales;

buscando un punto de apoyo

cae sobre los mayorales;

¡luna, sombrero de plomo!

Enrevesados caminos

por los que pasa el cortejo

entre silencios y gritos;

la muerte mira de lejos

entre los negros olivos.


Se oyen cantos desgarrados,

las palmas acompasadas,

los bailes zapateados,

y el llorar de las gitanas;

mientras que en el camposanto

sangra la tierra enlutada,

cuando las palas y picos

cavan entre sus entrañas.


El sonido de los yunques

los martillos acompaña;

en la forja el hierro funde

con el fuego de mil fraguas,

y en la serranía, los toros,

vuelven a afilar sus astas.


Miradas de desafío

en la enlutada mañana;

miradas de escalofrío

del toro y la negra dama.


Ojos de aceitunas negras,

ojos de negra mirada;

mirar de cuencas vacías

cual perlas envenenadas.


Al duelo se unen gitanos

llegados desde Iznalloz,

Sacro Monte, Ugíjar;

Alhama, Loja, Albuñol;

Motril, Órgiva, Sevilla;

Baza, Guadix, Lanjarón;

Jaén, Córdoba, Almería…

y otros lugares hermanos.

Intelectuales y artistas:

poetas como Machado,

que escribe un bello poema

sobre el paisaje enlutado.


Juan Ramón Jiménez, llega,

sobre Platero montado,

y Zenobia los contempla

luciendo luto y morado.


Lorca escribe un romancero

sobre toros enlutados,

y Alberti baña en sus versos

negros toros picassianos.


Fenicios de Sierra Elvira,

moriscos de la Alpujarra,

judíos de la Alcazaba

y hasta el nazarí Abadía,

también llamado Boabdil,

suspiran desde la Alhambra.


Vuelven los cantes flamencos,

el sonido de las palmas,

el baile zapateado,

el llorar de la guitarra…

y por encima de todo

el doblar de las campanas.


Ya vienen los mayorales

con sus picas y sus varas,

formando un largo pasillo

situados cara a cara,

para rendir homenaje;

mientras que la pena negra

va devorando sus lágrimas.


Todo el cortejo, al completo,

camina hacia el cementerio;

la noche tras sus ojeras

refugiada en el misterio.


La anochecida mañana

vestida de traje negro;

gañanes y mayorales

oscuras sombras al viento.


Los poetas más elitistas

van desgranando sus versos,

entre el llanto de gitanas

y el cantar de los muleros,

que lloran por granadinas,

peteneras, ¡padrenuestro!


Y el doblar de las campanas

que reconduce a los ciegos,

porque vacías están las cuencas

de la huesuda de negro.


Mientras que al aire, sus astas,

afilan los toros fieros

y al cielo mirando braman.

Enrique Sánchez Campos




No hay comentarios:

Publicar un comentario