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jueves, 11 de junio de 2020

CURIOSIDADES…
Útiles de afeitar que utilizaba Manolete 


Para afeitarse, Manolete utilizaba maquinilla y cuchillas de lo más avanzado de la época. Eran utensilios muy técnicos y eficaces. En concreto se trataba, de una moderna maquinilla, a la que se ajustaban unas cuchillas especiales, dispensadas por el inyector de la imagen. 


SCHICK INJECTOR UTILIZADO POR MANOLETE. 

Este tipo de artilugio y las correspondientes hojas de afeitar, empezaron a circular allá por el año 1926, fabricadas por la empresa Magazine Repeating Razor Company que, aunque la cuestión de acciones tuvo vida propia en cuanto a fluctuaciones en la bolsa de las sociedades mercantiles que los fabricaban y distribuían. Al margen de estas cuestiones de índole económica, la realidad es que la empresa primitiva las fabricó con un índice muy alto de aceptación hasta 1950… Me quedo con esta fecha,
porque es obvio, que la maquinilla y los inyectores que usaba nuestro torero, procedían de la mencionada fábrica. 


TIPO DE MAQUINILLA HABITUAL PARA ESE TIPO DE CUCHILLAS 








TEXTO: FCO. BRAVO ANTIBÓN 







Caracol, Manolete, Pastora Imperio y Lola Flores.

Carlos Arruza, Gitanillo de Triana y Manolete.

Manolete, Lola Eraso, Conchita Barzallana, Teresa García y Cañero.

Modelo de maquina antigua para cuchilla tipo inyector


Inyectores


miércoles, 10 de junio de 2020

EL TENDIDO DE LOS SASTRES 


En todas las actividades humanas existe un vocabulario específico que utilizan fundamentalmente aquellos que se dedican a ellas o quienes son aficionados, aunque no las ejerzan.
Es lógico pensar que quienes practican una determinada profesión o afición conocen muy bien el léxico propio, que no conocerán quienes se sientan ajenos a ella. Pero resulta que algunas palabras de estos repertorios han pasado al habla cotidiana y ya se utilizan fuera de las citadas actividades.
Hay un trabajo hecho por el profesor Francisco Reus Boyd Swan de la Universidad de Alicante con ayuda de Manuel Guil Bozal que han hecho una recopilación de los términos o expresiones que, con un origen estrictamente taurino, se siguen utilizando en las conversaciones diarias, por parte de una mayoría de personas. Quién o quiénes no han escuchado o han dicho, alguna vez, una de estas frases: ”A las primeras de cambio”; “A mí no me torea nadie”; “A toro pasado"; “Hasta el rabo todo es toro"; “Saltárselo a la torera"; “Al toro que es una mona"; “Armar el taco"; “Ponérselo por montera”; “Atarse los machos"; “Ver los toros desde la barrera"; “Hasta la bola"; “Cada toro tiene su lidia"; “Ciertos son los toros"; “Agarrar al toro por los cuernos"; “Cortarse la coleta”; “Crecerse al castigo", etc.

Una de estas frases o expresiones acuñadas y que su origen es menos conocido por una gran mayoría de aficionados y de las gentes que habitualmente la usan, es la locución que da título a este comentario: “El Tendido de los Sastres”.
Muchos se preguntaran, ¿de donde viene esta expresión mezcla de graderío descubierto en las plazas de toros y de persona que tiene el oficio de cortar y componer trajes? ¿Cuál es su procedencia?
Como todo conjunto de palabras que forman un sentido, tiene un significado al hilo de su frase, del mismo modo que muchos de los dichos que abundan en nuestro léxico son casi siempre referentes al tema en que tratamos y generalmente sentenciosos.
El tendido de los sastres no es que fuera uno de los tendidos de la plaza donde era ocupado en su mayoría por costureros, pero a la sombra de ella se formó. Recordar, pues, si lo habéis olvidado, y sabes otros, si por acaso lo ignoráis, que la antigua y vetusta plaza de toros, situada en la Puerta de Alcalá de Madrid, inaugurada en 1749, carecía de dependencias y hubo un tiempo en que “el taller de reparaciones” donde se consían las tripas de los caballos heridos se instalaba en pleno campo, fuera del recinto de la plaza de toros. Los servicios de corrales, caballerizas y carnicerías, así como la capilla o sala de toreros, no quedaban dentro de los muros de aquélla, sino fuera, y a una distancia de unos cincuenta metros. Aquello era un corral con un casucho, y a su puerta se apeaban los toreros para permanecer en la capilla o en la sala de ellos, hasta que los llamaban a la plaza, primero los clarines y después, la voz de un vejete a quién por el tuerto se le conocía, que con un soniquete especial gritaba ¡Qué tocan! 


Abríase entonces la puerta que por aquel lado daba acceso a la plaza, formábase allí mismo las cuadrillas, y el público de fuera gozaba del espectáculo de ver al de dentro, de oir el bullicio, de contemplar media plaza, y casi parte del paseíllo. La gente que no tenía la posibilidad de adquirir una localidad y que pululaba por allí, por los alrededores formando corro, se entretenían con ver las operaciones de cosido de las lesiones abiertas de los caballos.
De ahí vino el llamar a dicho punto el tendido de los sastres -definición taurómaca que recoge a todas aquellas personas que de “baracalofi", (gratis total), aupadas en un promontorio alto, por encima de los tejadillo de la grada y andanada, contemplaban la corrida y veían de “balde” la misma, gracias a un edificio colindante al coso taurino.
Desde esos lugares contiguos los aficionados imaginaban lo que ocurría en la lidia y discutían de la misma, teniendo como principales referencias las voces y los ruidos que el público espectador producía.
También en este emplazamiento se veía pasar a los toreros desde la capilla a la plaza y de este modo, sin haber estado en la corrida, podían conocer elementos tan importantes como el color de los trajes de los toreros, toros que habían recibido banderillas de fuego, colocación de la espada, apreciando la muerte que había llevado por el sitio que tenía marcada la estocada o toreros heridos, puesto que la enfermería tenía salida junto a la puerta de caballos.
El tendido de los sastres lo formaba dos pretiles a ambos lados de la puerta de arrastre, cuya empinada cuesta subían trabajosamente las mulillas al sacar los caballos y los toros muertos. La concurrencia al famoso “tendido” se agolpaban por ver el cadáver del cornúpeta, siguiéndole luego con gran algarada hasta la puerta del desolladero, contiguo a la caballerizas.
Después de volver las mulillas, y al abrir las puertas para su entrada, de nuevo, a la plaza, toda la gente se subía en lo alto de la cuestecita para ver al otro toro en el redondel; y los más arriesgados procuraban colarse entre los mulilleros, derrochando luego ingenio por los oscuros pasillos hasta alcanzar el tendido. No había tiempo para el aburrimiento. Se oía perfectamente el toque de clarín y el pasodoble de la salida de las cuadrillas. Enseguida empezaban los comentarios y las cábalas acerca de quién sería el triunfador. 



Si suenan aplausos, la corrida está saliendo buena y si por el contrario llegan los silbidos y las palmas de tango, hay aburrimiento y los “abonados" de aquel “tendido” se divierten jugando a tres en raya o al cara y cruz con algunas monedas y así pasaban la tarde.
¿Los alrededores de la plaza? ¡Una verdadera feria! Infinitos tenderetes de tiro al blanco; numerosas ruletas con vistosos colorines; aguaderos ambulantes con refrescos de todo tipo y al alcance de todas las fortunas: echadores de cartas que hacen milagros y adivinan el futuro.
Hoy todavía, en algunas plazas de pueblos o portátiles, se pueden ver a algunos aficionados que desde sus balcones o ventanas aciertan a ver una corrida de toros sin obstáculo ninguno, por la topografía del terreno, al ser estos miradores más altos que las gradas que cubren la plaza. Fue mi caso también. En mis tiempos de jovencito fui igualmente “sastrecillo". En el edificio colindante al coso de los Tejares, donde estaban las puertas de entrada y salida a la plaza y taquillas de sol, subía las escaleras de aquella casa hasta su azotea y de ella misma, saltaba al tejadillo de la plaza de toros, y tendido sobre el caballete, desde allí, ví varias corridas completamente gratis, entre ellas la alternativa de José María Martorell hasta que, los vecinos se dieron cuenta y ya cerraban con llave la puerta de acceso a mi incómoda y peligrosa “atalaya”.
No obstante y a pesar de los tiempos, estos espectadores se les pueden caracterizar a los primitivos aficionados al que el ingenio popular bautizó con el gráfico apelativo de “el tendido de los sastres”.


                                     
Antonio Rodríguez Salido.-
Compositor y letrista.-

Escalera del Éxito 176.-



jueves, 4 de junio de 2020

El origen de la muleta


Del encuentro del hombre con el toro surge el toreo. La acometividad del toro bravo, su superioridad física, y la habilidad e inteligencia, por otra parte, del ser humano se produce el juego, la lucha de donde nace la técnica, la belleza y el arte, que son los principios fundamentales del toreo. La lidia y su evolución durante los tres tercios -siendo los tres importantes- es en el último de ellos donde se fundamenta el desenlace final de la corrida al emplear el torero la espada y la muleta.
De ella nos habla “El Cossío” como instrumento de toreo y nos dice que su uso es relativamente moderno, pero no tanto como tradicionalmente viene suponiéndose. 



Cierto que los tratadistas, al atribuir erróneamente su invención a Francisco Romero, (Ronda 1700), no precisan la fecha, puesto que no sitúan, cronológicamente al abuelo del gran Pedro Romero. Además, que tampoco hay pruebas fehacientes de que este hombre fuese torero. Pero aunque así fuere no podría llevarse en esta hipótesis más allá de las primeras decenas del siglo XVIII ya que se cree que la introducción de dicho instrumento en el toreo es bastante anterior.
En la Cartilla de torear de la Biblioteca de Osuna ya se menciona y hasta se explica su uso. Se la llamaba lienzo, era de color blanco y como su nombre indica…de lino, cáñamo o algodón. Se usaban de distintos colores (rojo, amarillo y azul), e iba sujeta de un palillo, con lo que se conseguía manejarla como engaño, con mayor rapidez, precisión y eficacia que la capa sola, por tener que emplear las dos manos el torero.
Anteriormente se usaba una especie de capotillo que se enrrollaba en el brazo izquierdo del lidiador para llamar la atención del toro y con habilidad marcarle la salida, con objeto de desviarlo de su viaje natural y evitar las cogidas, además de poder matar de frente.
Eugenio García Baragaña -primer tratadista que escribió una tauromaquia para los toreros de a pie, al hablar de la estocada de ley, única para la que era imprescindible el lienzo, explica que hasta la mitad del siglo XVII solamente se usaba la muletilla para poder estoquear a la res indistintamente que la capa, seguramente liada también a un palo a guisa de muleta.


Más a poco empiezan a darse cuenta los diestros de las posibilidades artísticas del toreo con tal instrumento; y con toda seguridad es Joaquín Rodríguez “Costillares" (1743), inventor del volapié, quién promueve la gran revolución en el toreo con la muleta y el que convierte la elemental preparación para la muerte del toro, en un juego complicado de suertes que después había que clasificar y regular la Tauromaquia de José Delgado “Pepe-Hillo.
Si nos atenemos a esas reglas dictadas por José Delgado Pepe-Hillo (1754), en su libro “TAUROMAQUIA O ARTE DE TOREAR", obra utilísima para los toreros de profesión, para los aficionados, y toda clase de sujetos que gustan de los toros decimos, que está impresa en Cádiz en el año 1796, y que en la página 27 de la expresada obra, Pepe-Hillo también nos habla de “La suerte de la muleta”:
“La muleta se hace tomando un palo ligero de dos cuartas y media de largo, que tenga un gancho romo en uno de sus extremos, y en él se mete un capotillo por medio de la junta del cuello, y las dos orillas se juntan en el otro extremo del palo, y dándole algunas vueltas en él, queda formada la muleta, que toma el diestro por dicho extremo, con la mano izquierda. Para la suerte la pone al lado del cuerpo, y siempre cuadrada, y, situado en el terreno del toro, lo invita a partir y lo recibe en dicha muleta a modo de suerte de capa al pase regular…..”


Más o menos lo que el aficionado conoce hoy como la franela, la pañosa o la colorá, dentro de la jerga taurina. O sea, un instrumento de torear que consiste en un paño o tela color rojo (antes se usaron de color blanco, azul y amarillo) con el que el matador templa y encauza la embestida del toro durante el último tercio de la lidia y que forma parte de lo que llamamos, “trebejos o trastos” que el torero utiliza para hacer su trabajo (torear). Su tamaño puede variar según la envergadura y gustos del matador, así como su peso y consistencia, en función de las circunstancias. Lo normal es que armada con el estoque, arrastre ligeramente por el suelo.
El repertorio de esas suertes han seguido aumentando hasta ser hoy, la faena de muleta la más importante de la lidia, habiendo dejado en penumbra la de matar, que por ineludible necesidad es la fundamental del matador y, con razón la llamada suprema. 

FINITO DE CÓRDOBA, Foto: Cuevas



El escritor- periodista José Sánchez Neira que, la llamaba muletilla, hizo responsables de los primeros aumentos a Julián Casas “El Salamanquino", y a "El Gordito", que empezaron a usarlas mayores que las entonces corrientes. En el año 1873 a “Curro Cúchares”, al “Salamanquino", Arjona y “Pepete", como recuerdo de la corrida que torearon a beneficio a los pobres de Galicia le regalaron unas muletillas de tamaño pequeño. Se ignora cuando desaparecieron los colores de las muletas, antes de unificarse en un color solo (el rojo) pero de lo que si podemos informar es que en los primeros años de “Lagartijo" aún subsistian los tres colores.
En la actualidad el palillo o estaquillador de la muleta no tiene una medida estándar (de 55 a 60 centímetros de largo), así como la franela que de él pende se confecciona también de distintos tamaños, a gusto del espada, que suele adaptarlos a su estatura, largura de brazos o estilo de toreo. 


ENRIQUE PONCE, Foto: Cuevas


Para evitar el inconveniente del viento que pone en riesgo al torero porque lo descubre, posteriormente se hicieron varias pruebas que no gustaron a los toreros y por consiguiente, no se llevaron a cabo, pues todas iban a parar a aumentar su peso y la fatiga del brazo que ha de sujetarla. El maestro “Cúchares”, según testimonios de aquella época, solía atar con un nudo, en el
extremo del pliegue más largo, una piedra. Los toreros de ahora usan, para esos momentos menos adecuados, muletas de doble forro confeccionadas con telas de más textura, además, de mojar con agua del botijo, la bamba del trapo y embarrarlo con la arena del ruedo para que no se levante ni lo zigzagee el viento.
Así vemos que la muleta de simple ayuda para la preparación a dar muerte a los toros, ha venido a convertirse en la parte más esencial e importante y bella de la lidia. 

Antonio Rodríguez Salido.-
Compositor y letrista,-

Escalera del Éxito 176.-



miércoles, 3 de junio de 2020

HISTORIA MÍNIMA DE LA BARRERA Y LOS BURLADEROS EN LOS RUEDOS 



…”SÓLO UNA VEZ, MANDÓ EL GUERRA QUE
LE PUSIERAN BURLADEROS”… 

Es conocido, que las demostraciones valerosas en torno al toro de lidia, primero se efectuaron a campo abierto, más tarde en los patios de armas, a los que siguieron recintos más o menos apropiados y acondicionados a la exhibición, como las plazas mayores de las ciudades o lugares que se adecuaban a las exigencias del evento, por ejemplo acotando una zona con carros. Todavía hoy, en algunos pueblos, es posible admirar la “arquitectura” de las primitivas plazas de toros.
Comprobado su arraigo popular y la ascensión en los niveles de aceptación de la fiesta de los toros, se piensa en construir cosos, especialmente diseñados para tal menester, lo que se produce y generaliza a partir del siglo XVII.


Anfiteatro romano de Nimes 



Los primeros proyectos se basaron sin duda, en los anfiteatros y circos romanos, de tal forma, que entre la arena y el público, sólo estaba previsto levantar un muro, siendo esa la única defensa que separaba a las dos partes. Se empezó respetando escrupulosamente, que la lidia ha de afrontarse y resolverse en el ruedo, debiendo desestimar el matador en todo momento, aún cuando el peligro acechara, el poco edificante recurso de encaramarse a la división de fábrica o los carros, según los casos. 

COSO DE LOS TEJARES 



En el proyecto para la construcción del antiguo coso cordobés de Los Tejaes, el secretario contador de la sociedad constituida al efecto: don Fausto García Tena, aconsejaba lo siguiente:
…”8º apartado: la plaza no tendrá barrera y sólo se colocarán burladeros en los ángulos de polígono, y dos maromas paralelas sobre pilaritos de madera, colocados en el antepecho.- 20-marzo-1845-“… 



COSO DE LOS TEJARES EN CÓRDOBA
Sin embargo, poco después – el día 26 del mismo mes y año -, existe un informe de la Junta Directiva, que a su vez lo tomó de la Junta Inspectora, en el que ambos grupos se manifestaron claramente, a favor de la colocación de una barrera, según se desprende de la lectura del dictamen, cuyo contenido parcial traslado:
…”con intento (la Junta) ha dejado para la última, la 8ª base; porque, como no puede estar de acuerdo con élla, se propone razonar en opinión: trataremos el asunto de que no ha de tener barrera y sí burladeros. La Comisión señores: conoce que hay muchos aficionados a quienes ocupa, tanto el peligro que corra en una plaza de toros sin barrera, como el placer de tocar al toro y que su pañuelo sea saludado…como acontece en este caso; pero a su vez debemos manifestar…”
Y continúa más tarde:
…”por todas estas razones la Comisión opina que se ponga barrera y que en la contrabarrera, haya una maroma de bueno uso”… 

BARRERA Y NO BURLADEROS
Así es, precisamente lo que acabamos de releer (un texto de 1845), establece que para la seguridad de los espectadores es bueno construir una barrera, es verdad, pero no dice nada ni alienta en ningún momento, la colocación de burladeros que sirvan en un momento peligroso, de alivio para los lidiadores. Ese tipo de defensa se empleaba en aquellos tiempos exclusivamente para situaciones muy puntuales, como por ejemplo la incapacidad física del espada de turno, bien por alguna herida o problema que le impidiera saltar con agilidad la barrera. La historia escrita e ilustrada de la Tauromaquia deja perfectamente determinado que los primeros burladeros no disponían de acceso directo a través del callejón, sino que simplemente se trataba de unas pantallas distantes treinta y cinco centímetros de la barrera, tras las que se resguardaban los diestros que consideraban precisa la utilización de tan vital abrigo, ¡pero sólo cuando realmente fuese necesario¡… No era bien visto ese alivio. Incluso el hecho de poner burladeros requería la formalidad de anunciarlo previamente en el programa de la corrida, o en su defecto indicarlo claramente, con letra bien marcada y perfectamente legible, en un
cartelito supletorio. 



PRIMITIVA PLAZA DE ATOCHA SIN BURLADEROS
Actualmente es lógica la existencia habitual de los burladeros, e incluso dentro del callejón, para garantizar la estancia en el mismo del personal taurino, el sanitario, los periodistas y las autoridades.
LITOGRAFÍAS
Es conocido el dibujo de Chaves (litografía de LA LIDIA-24-9-1883), plasmando el momento en el que resulta cogido Curro Guillén, dejando constancia impresa de lo que era una plaza sin barrera , y sí con algún burladero, estampa nada anormal en fechas anteriores y cada vez menos frecuente en posteriores.
Cantidad de ilustraciones, correspondientes a las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, donde se nos muestran los recintos con barrera pero sin troneras. Se pensaba que no era una acción gallarda, por parte del lidiador, esquivar al toro guardándose tras el burladero.
Cierto es, que en un dibujo posterior del mismo autor (LA LIDIA 22-9-1884), nos podemos regocijar con un cite clásico, realizado probablemente en 1760, en el que efectivamente aparece un parapeto protector para nada habitual y que habría que considerarlo como una rareza. 

PARA GUERRITA TAMPOCO…
A Guerrita se le achacan tantos privilegios, que no está de más atribuirle también el de los burladeros…, pero esto no fue así. Don Antonio Peña y Goñi, autor de la obra GUERRITA, publicado en 1894, se encarga de desmantelar la errónea información:

…”Hay que advertir que, sólo una vez en la vida, mandó el Guerrita que le pusieran burladeros. Ocurrió el caso en la plaza de Pamplona, donde toreó por San
Fermín en 1890, teniendo abierta la herida, que le infirió en Jerez el día 24 de junio de aquel año, el famoso toro Corredor”…
El segundo califa, al ser una gran figura del toreo y con una personalidad tan arrolladora, ha influenciado en la aparición de normas, que efectivamente, han tenido que ver con su paso por los ruedos. Por ejemplo el tema de los burladeros, cuya utilización se fue normalizando, entendiendo y aceptando cada vez con más naturalidad, siempre que se usaran con mesura… Y éllo, es verdad, empezó a resultar habitual a partir de la hegemonía taurina de nuestro paisano Guerrita. 







Francisco Bravo Antibón