lunes, 21 de septiembre de 2026

BARRUNTO NEGRO

 Cumpliendo lo prometido y saldando así mi deuda con los lectores, a invitación de José Luis Cuevas, traigo, a esta su prestigiosa revista “El Callejón”, el texto en prosa del “Poema del toro lorquiano”. Lo titulé “Barrunto negro”, y espero que disfruten su lectura. Gracias.


In memoriam a mi amigo Emilio Álvarez Hans, quien me sugirió escribir el “Poema del toro lorquiano” en prosa, para que pudiera representar a la Taberna de la Fuenseca en un certamen de relato taurino.

BARRUNTO NEGRO



Federico García Lorca, en sus poemas, pintaba a la etnia gitana como personas sufridas y luchadoras, errantes por esos campos machadianos de que tan ajustada y precisa descripción dejara constancia don Antonio Machado en el paisaje poético de sus incontables viajes. Sus asentamientos son tan numerosos como breves sus estancias en un mismo lugar, sin predilección alguna por la orografía para instalar sus campamentos. No exigen demasiado a la naturaleza, y saben obtener el mayor rendimiento de los escasos recursos que hallan a su paso. Su albergue es el cielo, bajo él tienen techo, cobijo y abrigo.

Al anochecer, junto al calor de la lumbre y a la luz de las estrellas, un gitanillo, aún casi niño, miraba a la luna y jugueteaba con ella imaginando su halo como el redondel iluminado de una plaza de toros, y él realizando el mejor toreo, bajo el haz de luz y en el mismo centro, antes de echarse a dormir. Cuando aquella besaba la frente del gitanillo y se ocultaba tras el manto de la noche se iniciaba el sueño, siempre era el mismo: 

El joven que, ceñido con traje de luces, ascendía como el humo de la hoguera y se plasmaba, cual mágico dibujo, sobre el fino lienzo que es la bóveda celeste. Sonido de clarines y timbales, un momento de profundo silencio, murmullo, expectación, el ruido del portón y la salida en tropel ciego y salvaje de la fiera astada, que arremete en derrotes contra el aire tórrido y húmedo que como sudor de verano cae sobre el albero, mientras avanza como un obús hacia la difusa y torera figura del retador tan lejana en la cercanía. ¡Miedo, mucho miedo! Carrera corta y decidida hacia el morlaco para dejar en ella ese sentimiento perturbador del ánimo, que en tan corto trayecto se transforma en arrojo y valentía, impregnados de un coraje inaudito. ¡Palmas y aplauso cerrado! Abre los ojos y observa el baile zapateado de las mujeres al ritmo del palmear y gritos de ¡ole! con que jalean los hombres, y escucha los rasgueos de guitarra, pero cierra apretando los ojos, está molesto y sólo pretende reencontrar su sueño nuevamente, el sueño de fama y tronío que lo eleve al más alto pedestal, quiere ser el mejor, un califa del toreo. Su propósito no le permite conciliar el sueño, permanece en vela, aunque tan abstraído en sus ensoñaciones que le parece estar ausente y lejos del campamento. Han cesado las palmas y el baile, y también los sonidos de guitarra, así como el jalear de los hombres.

Lo había decidido, abandonaría el asentamiento, ya encontraría a su madre y primos, así como a sus amigos y al patriarca en algún lugar del camino, más adelante, cuando tuviera necesidad de arropo y cariño tras la paliza de alguna vaquilla o recibir los golpes que le dieran, al ser sorprendido por los mozos de corral, cuando saltaba una cerca o recinto vallado para enfrentarse con el inicio del futuro que tanto tiempo venía soñando. Se marcharía de allí, ya no se hallaba cómodo, no era por su gente, pero tampoco sabía decir el por qué, aunque se daba cuenta de que el grupo humano y él no compartían los mismos sentimientos últimamente. ¡Ya los buscaría!

La luna besó su frente como cada noche, pero esta vez no había llegado el sueño fisiológico, reparador, de descanso… La esbelta silueta se deslizaba bordeando el campamento para no ser vista, no quería perturbar el reposo de los acampados, ni despedirse entre lloros y lágrimas de los seres queridos. 

Llegada la mañana, su madre hallaría la nota manuscrita de despedida que, con intención tranquilizadora, había dejado sobre la mesa pequeña, a la entrada del viejo barracón abandonado, que ponía tres semiderruidas paredes al trozo de cielo que desde el interior figuraba un paño oscuro pintado de estrellas, luceros destellantes, que hacía las veces de techo y, la luna, su amiga que le seguía desde que él tenía uso de razón; entre un claro-oscuro, en el mismo umbral del dintel por el que el gitanillo accedía a los primeros chaparros, en campo abierto, iluminó su rostro durante unos segundos. Fue algo muy breve, suficiente para dejar al descubierto esos rasgos morenos que se correspondían con los de su raza, y la nobleza de sentimientos que empujaba dos lágrimas que se resistían a brotar de sus ojos, al mismo tiempo que su pecho se henchía tomando aire, y su pensamiento se llenaba de toros, plazas y triunfos, lo que daba a su cuerpo cierto empaque y aire pinturero, carente de chulería, pero gentil. Vestía su pantalón vaquero de siempre que un tiempo fuera de color azul, ya descolorido, aunque su tejido aún resistente y, eso sí, limpio, así como una camisa deportiva a juego. 

El equipaje muy ligero, el viejo capote que había visto desde muy niño guardado en un baúl del carromato que les trasladaba por toda la geografía, y que su madre le contó había pertenecido a un tío suyo que murió entre los cuernos de un toro, cuando llevado por un deseo legítimo, no por todos bien entendido, de notoriedad y fama, había retado a la misma muerte, un toro negro, el más grande y bravo que había en una afamada dehesa de Salamanca, donde tras cruzar la espinosa alambrada y burlar la vigilancia de los mozos fue sorprendido y cazado por la huesuda de negro; el animal resabiado que lo había visto llegar y lo esperaba como una sombra entre la fronda y el matorral. Fue una cornada dura, profunda, en el centro del pecho, que partió su corazón en dos mitades y le segó la vida de forma instantánea. 



No hubo necesidad de más, el toro lo sabía y se dio por satisfecho; se volvió sobre sí mismo parándose a cierta distancia, echó una última mirada al cuerpo yacente, levantó sus astas al cielo hundiéndolas en el aire espeso y frío de la noche y en señal de poderío bramó hasta tres veces, antes de retirarse, despreciando a la muerte que, a distancia, le miraba sin intromisión o disputa alguna, simplemente expectante, hasta que el animal le dirigió algo de tierra que levantó tras rascar el suelo con sus patas traseras y desapareció entre la espesura del matorral y la bruma nocturna; lo que la señora de la guadaña interpretó como la licencia que necesitaba para hacerse con la posesión de tan preciado trofeo para ella, la vida perdida de un joven iluso.

Contaba más de cuatro meses el tiempo transcurrido desde que se fue a buscar suerte por esos mundos, en pos de su sueño, aunque había perdido la cuenta que hasta esa fecha había ido anotando, rigurosamente, palote a palote en la pequeña libreta que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón, la que recibió como regalo el día que el patriarca gitano lo descubrió escribiendo versos sobre hojas de papel usado e incluso sobre algunas tablas viejas. El hombre le tenía mucho cariño; sabía que no era como los demás y lo creía capaz de grandes empresas; siempre tenía muy presente la facilidad con que el niño había aprendido a leer y escribir, casi de por sí, ya que solo había estado escolarizado un curso completo cuando contaba seis años de edad, y en dos o tres ocasiones a lo largo de sus quince años recién cumplidos, había conseguido asistir a clase no más de cuatro o cinco meses cada vez, sin llegar a finalizar ninguna otra matriculación, a sus deseos de aprender siempre se interponía la necesidad de la tribu, nómadas, que por una u otra causa se veían en la necesidad de reanudar el camino.

Aquella noche de frío invernal, recostado sobre el viejo tronco de lo que fue un olivo, en un pequeño accidente del terreno que formaba como una hoya, entre una pared rocosa de poca altura, abrigado por el capote adosado a su delgado cuerpo vuelta a vuelta, embutido en el interior como un flamenquín, y con su redonda y fiel amiga, la luna, a su cabecera, que le tendía un rayo de luz a modo de vela, leía un libro de poemas. 

Eran historias de pobreza, de soledad, de miseria, de mucha desgracia; de amores, de celos, de peleas, de navajas, de persecuciones, de barruntos, de pena negra, de sombras que huyen al amparo de la noche y, también de sueños, de toreros triunfadores, de toros y muerte…, de tragedia en todos los casos. De gente errática, como su gente, vagabundos desde el mismo origen de su genealogía; los apellidos de unos y otros se repetían como un calco. El autor fue un poeta llamado Federico García Lorca, que ya no vivía; el libro era un regalo de su madre, mujer de gran sensibilidad, lectora tras finalizar las tareas domésticas al anochecer, que lo había recibido del que había sido su marido, un hombre de la misma edad, de raza gitana, maestro que había conocido en un asentamiento próximo al pueblo de Adra diecisiete años atrás; quedaron ambos tan enamorados en el primer encuentro que decidieron casarse, dejando él su empleo para integrarse al grupo como uno más, condición impuesta por el patriarca y aceptada gustosamente por la pareja. 

El hombre murió dos años más tarde a causa de unas fiebres producidas por la ingesta de agua de un venero contaminado, sin llegar a conocer la vida que ya se iniciaba en el vientre de su bien amada esposa. La mujer, joven y bella, había volcado todo su amor y cuidados hacia su hijo, al que desde que tuvo uso de razón repetía una y otra vez esta hermosa historia de sacrificio, cariño, amor y resignación, y transmitía al niño todos los valores que su padre habría querido para él.

El abrigo no era suficiente, la temperatura nocturna estaría próxima a los cero grados, él temblaba, de frío, que no de miedo, éste lo dejaba clavado en las púas oxidadas de las alambradas que saltaba para torear a las vaquillas Pero esa noche era especial, había vuelto a ver al toro lorquiano, así lo había bautizado él nada más avistarlo, cuando cruzó, pasando delante de sus ojos a media distancia, destacando entre el resto. Un toro negro como las entrañas de la noche, más bien grande, aunque de formas agradables y músculos bien moldeados, altanero, bravo y brioso, de cuernos proporcionados afilados como puñales y paralelos, de mirar fijo, que destacaba entre los de su especie por su fina estampa, además. Un toro del que estaba prendado y al que había jurado enfrentarse en cuanto que tuviera la ocasión.

No recordaba muy bien el sueño que había experimentado como una sofocante pesadilla las dos últimas noches, aunque presagiaba que no era nada bueno. Todo el camino lo pasó tratando de descifrar el contenido completo sin conseguirlo.



Lo contaría en el poblado gitano al patriarca, hacia allí se encaminaba, había tenido conocimiento de que estaban acampados muy cerca de Granada, pronto daría con ellos. Tenía unas ganas enormes de abrazar a su madre y ver a sus amigos.

El camino se hacía cada vez más difícil y angosto, las rocas, a veces de grandes dimensiones casi lo cerraban, las estrecheces eran cada vez más frecuentes y, el matorral abundante. El suelo estaba muy resbaladizo por la persistente escarcha que no terminaba de licuarse, a lo que contribuía la baja temperatura y el frío intenso que se movía al ritmo de las fuertes ráfagas de viento que azotaban la cara del gitanillo, llegando a hacerle caer por dos veces. Esto le forzaba a apretar el paso y avanzar muy rápido a grandes zancadas, aunque muy atento a los accidentes del terreno que pisaba, irregular y comprometido, ya que se hallaba descendiendo una pronunciada ladera.

Llevaba consigo el mismo equipaje que el día en que se marchó tras su sueño, aunque los pantalones y la camisa que vestía habían sufrido un notable deterioro, ya que las púas aceradas de las alambradas donde dejaba clavado el miedo cuando se enfrentaba al ganado bravo, de vez en cuando también se cobraban algún jirón de su vestuario, lo mismo ocurría cuando era corneado por alguna res, y también el roce con la arboleda, el matorral y las rocas donde se ocultaba para no ser visto intentando acceder al recinto donde se albergaba el ganado o cuando se recostaba en algún accidente del terreno buscando cobijo durante la noche. 

En el bolsillo trasero del pantalón guardaba su pequeña libreta, donde aún quedaba espacio en blanco para escribir otros versos y anotar fechas y sucesos que no deseaba olvidar y que necesitaba exponer ante los suyos o ante algunas personas conocidas que le podían ayudar. Entre la camisa y el pecho guardaba el regalo de su madre, el libro que escribiera un día el poeta García Lorca, que ya había repasado varias veces sin cansarse y emocionándose siempre con su lectura. 

Las zapatillas deportivas que llevaba puestas cuando se marchó de su casa le habían aguantado dos meses; sometidas a tanto y tan duro trabajo por esos caminos y senderos de diverso trazado y variedad de suelo y, mojarse y secarse sobre los propios pies, cuando se veía obligado a vadear arroyos u otras corrientes de agua en su huida o para acortar distancias en sus traslados constantes en pos de la meta que se había propuesto; llegando a transformarse la dureza del material, hasta volverlas de un tejido próximo a la tela vieja, que se rasgaba sin solución, de tal modo que asomaban sus dedos por la puntera y quedaban sus pies descubiertos por ambos laterales, pese a haberlas cosido él mismo con cierta habilidad, colocando unos trozos de alambre delgado y maleable a modo de puntos anudados sobre las suelas, hasta que en una de las ocasiones en que fue sorprendido tratando de acercarse a una vaquilla brava, su cara aniñada, aspecto físico frágil y digna compostura inspiraron tanta pena a los gañanes, que estos ni le regañaron por lo que había hecho, sino que compadecidos le permitieron ducharse en las mismas dependencias que ellos lo hacían, lo sentaron a la mesa, le ofrecieron de comer y, cuando se despidió agradeciendo la atención recibida, tras leer unos poemas de su libro y otros que él había escrito en su libreta mientras mataba el frío de las noches que pasaba a la intemperie, los hombres le regalaron una botas cortas de cuero negro que se anudaban con dos vueltas de cordón, usadas pero en muy buen estado, que se ajustaban perfectamente a sus pies y le daban abrigo y protección; las mismas que llevaba puestas camino de su casa.

Como el frío era tan intenso, iba envuelto en su capote, el que echado sobre sus hombros caía hacia delante y él lo sujetaba dando un pellizco con ambas manos apoyadas bajo el mismo, descansando estas a la altura del ombligo, por lo que iba pensando en hacerse de una manta ligera para su próxima salida, aunque ello le haría cargarse en exceso, por lo que aún no tenía las cosas muy claras, no acababa de decidirse.



Pensaba estar solamente dos o tres días junto a los suyos, lo suficiente para descansar y aliviar los deseos de sentirse querido y reconfortado. Las ansias de besar y abrazar a su madre le hacían embriagarse de emoción, contarle todo lo que había vivido en tan poco tiempo, y cómo sus deseos de fama y triunfo se iban fortaleciendo por días, pese a las malas experiencias tenidas. Lo haría con mucho tiento para no causarle tristeza.

Nada más poner pie en la carretera, había sido recogido por uno de esos modernos turismos que ya se empezaban a ver con cierta frecuencia por la región andaluza, por lo que llegó al asentamiento gitano antes de lo previsto. Se hallaban acampados aún en el mismo lugar del que tuvo referencia la última vez, cuando casualmente encontró a un grupo de su etnia en un cruce de caminos, cerca de Órgiva, los que habían pernoctado toda una noche con los allí acampados; le habían hecho un retrato tan completo del muchacho durante las horas pasadas junto a la lumbre, que nada más verlo supieron que se trataba de la misma persona.

Tantos fueron los ruegos de su madre que el joven pasó ocho días con ellos, y esta vez, tras recibir consejos y parabienes se marchó, precipitadamente, pero durante el día y a la vista de todos, aunque sin poder evitar las lágrimas de su madre y las suyas propias en el último abrazo que se dieron. Llevaba consigo la ropa limpia que ella le había preparado y guardado, muy bien doblada, en el interior de una bolsa de plástico, inscrita con el nombre de una firma comercial conocida, en el exterior. Iba vestido como la primera vez que se marchó en pos de su sueño, pues le resultaba muy cómodo ese atuendo, por lo que su madre había lavado y cosido los pantalones y la camisa que otra vez vestía; las botas las regaló a un niño del campamento que se había prendado de ellas; él llevaba unas zapatillas deportivas que su madre le había comprado, necesitaba un calzado ligero.

Tenía su pensamiento fijo en aquel toro que un día viera en una renombrada dehesa jerezana de reconocido prestigio, al que bautizó como toro lorquiano debido a la preciosa estampa que presentaba el bravo animal, fiel representación de esos toros fieros que el poeta Federico García Lorca describía en sus versos.



Otra vez la suerte volvió a ser su aliada, nada más acercarse a la orilla de la carretera paró un turismo que lo dejó en Córdoba. Era su conductor un hombre vestido con un traje gris, muy elegante, camisa blanca abrochada y sin corbata; de aspecto bonachón, serio, de hablar sentencioso, aunque buen conversador, que sabía escuchar los relatos del joven torerillo y le daba algunos consejos, pues todas sus palabras eran acertadísimas y parecía conocer el arte del toreo a la perfección. Iba acompañado por un hombre algo más joven que apenas intervino en la charla no más de un par de veces para negar o asentir con un movimiento de la cabeza. Parecía, por su proceder, un hombre de confianza del que conducía, un trabajador a sueldo seguramente; vestía con más discreción, una chaqueta de pana color marrón y una gorra campera cubriendo su cabeza; también de aspecto tranquilo y bonachón.

Pasó una semana en Córdoba, donde, casualmente, conoció a un torero de la provincia que acababa de hacerse un lugar entre los mejores lidiadores del momento, tras grandes penalidades y por méritos propios; hombre de condición y principios humildes, generoso y con reputación de dar oportunidades a los que empezaban. Allí, junto a otros jóvenes maletillas, en una placita pequeña de la finca, pudo enfrentarse a las vaquillas bravas que el torero propietario había mandado soltar, para que los muchachos se explayaran dando rienda suelta a lo mucho o poco que llevaban aprendido en este difícil arte que es la lidia.

Salió muy satisfecho y agradecido, pero su pensamiento estaba lejos de allí. Quería llegar cuanto antes a Jerez, buscar el descuido o la oportunidad que le permitiera ponerse delante del toro de fina estampa, bravo, altanero y negro como el carbón, que desde el día en que lo vio cruzar ante su vista le obsesionaba. También el animal parecía haberse fijado en él, lo que por otra parte le daba mal bajío; sobre todo tras haber consultado con el patriarca que le había advertido, después de contarle el gitanillo como había visto una sombra negra, oculta y observando entre los olivos el onírico encuentro del torerillo y el toro, y como se despertó con sobresalto en mitad del sueño, no pudiendo borrarlo de su pensamiento desde entonces, que tuviera mucho cuidado y retara al toro cuando sólo estuvieran uno y otro frente a frente, sin la presencia de nadie, mucho menos de la señora de negro con guadaña que nadaba oculta entre los mares de olivos, porque ese sueño era un barrunto negro, no presagiaba nada bueno, al contrario, podría traerle mal bajío.



Ahora sí que empezaba a tener sentido ese sueño o pesadilla que le acuciaba, todas sus partes encajaban como un puzle, también el consejo del patriarca. Fue cuando al saltar la espinosa alambrada, observó a la negra dama en la oscuridad como una sombra más, erguida, orgullosa, distante y fría; semioculta, aunque dejando notar su presencia mirando frente a frente al toro lorquiano. Como espectros, las dos figuras salían, deteniéndose, a ambos lados u orillas de un pequeño cerco despejado de maleza y matorral, llano, que asemejaba el redondel de una rústica plaza de toros. Ya era tarde para reparar en presagios, consejos y bajíos. Estaba decidido a no dejar pasar aquella oportunidad, si no lo hacía… ¡cuándo volvería a ver al toro, a ese toro!, ¡cuándo tendría la ocasión de saltar las púas espinosas sin ser visto! ¡No!, no quiso retrasar el encuentro, la dama de muerte no le imponía temor alguno, la fiera estampa del astado sólo respeto, su amiga la luna apenas se dejaba entrever tapada o semioculta entre espesa y oscura bruma que enlutecía el velo del cielo, que hasta momentos antes de lo que parecía un inminente encuentro, reto, desafío…, había sido un disco hermoso, limpio y brillante que como un halo de luz límpida se había acercado a su cabeza coronándola, en ese juego materno de amor y protección que desde la niñez dedicaba al gitanillo. Ahora era el torerillo que quería dejar de serlo, estar en el más alto escalafón, merecer respeto, consideración; alcanzar la fama, ganar dinero y buscar a su madre para comprarle una casita en el campo, donde terminara de hacerse viejecita entre las macetas de gitanillas, claveles y geranios que tanto le gustaba cuidar.

La luna tuvo mucho miedo y se ocultó llorando, dejando un gran vacío en el balcón de la noche al que había estado asomada. El torerillo echó la vista atrás, hacia las púas mohosas de la alambrada donde había dejado clavado al miedo entre jirones de ropa, se miró a sí mismo observando cómo le faltaban nuevos tirajos de la camisa y el pantalón; notó, mientras corría hacia el toro llevando sujeto con las dos manos el capote por delante a la altura de la cintura, como su cuerpo ardía enfebrecido, emborrachado de valor, con sabor a sangre en su boca, erecta su figura, gallardo, rumboso, elegantes sus ademanes y muy torero, y sin dejar de mirar al toro se detuvo a media distancia del animal, justo en el punto medio del llano, equidistante entre la negra dama y el toro lorquiano. Ella era lista, sagaz y paciente; quería para sí la vida palpitante, llena de ilusiones, de deseos por cumplir… plena de juventud, aunque no iba a rebajarse a obtenerla en una pelea con el animal, se la disputaría, sí, pero con orgullo y astucia, como hacía siempre, le sería entregada, ella sólo tendría que recogerla como preciado obsequio. 

El toro la había mirado con desconfianza y desafío, pero ya sólo tenía la vista puesta en el retador; se arrancó con fuerza, bravura y brío, hizo por él cuando llegó a su altura, pero fue recibido por el engaño. Un adorno con el capote ceñido al cuerpo, digno de la escuela sevillana que caracterizó Pepe-Hillo, un lance perfecto en cuanto a plasticidad; una nueva carrera hacia el toro fiero que vuelve sobre sí, instante en que el torerillo encuentra frente a él los ojos de la muerte que le distraen, suficiente para que el toro lorquiano introduzca en el pecho del joven el cuerno correspondiente al lado izquierdo por donde el animal enfurecido se daba la vuelta. Sobre el suelo, junto a la figura yacente, salpican las gotas de sangre de un corazón vacío y roto en dos mitades. 

Son manchas que la casualidad ha configurado asemejando un ramo de claveles rojos, de cuyo centro parecen saltar otros tantos para formar una corona. No hay más, el toro parece darse por satisfecho y a corta distancia observa el cuadro de muerte y luto; la huesuda de la guadaña se ha aproximado, pero no interviene aún, el bravo animal fija su mirada en ella, escarba con la pezuña la piel de la dehesa y arroja algo de tierra en dirección a la dama, levanta la cabeza mirando al cielo, brama de manera ostentosa y se marcha de la tétrica escena hasta desaparecer en la oscuridad de la noche, con aire campeador, bravo y gallardo. La muerte entiende el gesto como una licencia para llevarse la vida perdida que cree le pertenece y se acerca sigilosa. 

La luna vuelve a asomarse a la dehesa, sobre el balcón de la oscura noche, ahora enlutada, y su luz plañidera se plasma sobre una libreta caída a escasos metros del torerillo, abierta casualmente por un poema donde se lee: ”Sangre oscura en la dehesa/ sobre tierra salpicada;/ un ramo de flores negras/ de su pecho se derrama./ Entre sus manos colocan/ un cristo de fina plata,/ y sobre su boca un beso/ deja su novia gitana./ El patriarca, muy serio,/ sin hablar mueve la vara,/ y cuatro gitanas viejas/ al torerillo amortajan“.


Enrique Sánchez Campos

José Luis Cuevas







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