DERRIBAR, NO MATAR
El objetivo final de la lidia de un toro bravo no puede ser la muerte del animal, ni mucho menos, sino que caiga rendido sobre el albero, como muestra de su derrota en un enfrentamiento entre la fuerza y la inteligencia, que se convierte en una maravillosa y bella expresión artística por la confluencia de las habilidades y la elegancia del torero al mover un trapo, con la codicia y constancia desplegadas por una especie única en la fauna actual, que intenta acabar con algo que considera una amenaza a su integridad y a su condición del ser dominante de su entorno. Este fin no es inevitable, porque puede también acabar triunfante si es indultado por mostrar buenas condiciones en el ruedo. Esta reflexión, que parece sólo filosófica, es fundamental para justificar y explicar el sentido de la Tauromaquia como un rito legendario y milenario, además del mejor argumento contra todos sus detractores.
Ningún aficionado taurino va a una plaza a ver morir a nadie, sea humano o no, sino a contemplar como un encuentro violento, mortal, peligroso entre dos seres, y además en apariencia absurdo, se puede convertir en una danza con una fuerza inigualable. Es una lucha entre la vida y la muerte, pero a la vez permite la supervivencia de los congéneres de los contendientes. La prueba más evidente de ello es que, donde no se celebran espectáculos taurinos, esta especie ha desaparecido por completo. El toreo ha posibilitado que esta convivencia especial continúe durante siglos, además de crear una fuente de riqueza, un medio de vida humano y de conservación del medio ambiente y del mundo rural, pero sobre todo ha generado una modalidad del arte, una vocación y unas sensaciones inigualables e incomparables.
Estas consideraciones son también un importante aviso para los aficionados y los profesionales taurinos, porque tenemos que darle una mayor rigurosidad y respeto a la suerte suprema, que por ello se conoce así. No es una denominación caprichosa. No se pueden aceptar, ni mucho menos aplaudir, las estocadas que no estén colocadas en todo lo alto, y menos aún las ahora habituales muy bajas y atravesadas, aunque sean muy efectivas, porque suponen una traición y una falta de respeto a las reglas taurinas. Estos 'navajazos traperos' sí suelen ocasionar la muerte fulminante del toro. Pueden compararse a cuando en el boxeo uno de los púgiles le propina al otro un golpe por la espalda. Una barbaridad que acaba con todos nuestros argumentos ante los antitaurinos.
La espada tiene que ir a todo lo alto del morrillo del toro, y mejor aún al llamado 'hoyo de las agujas', no sólo por honradez, ética y dignidad taurina, sino por una explicación fisiológica y anatómica. Es en esa parte del cuerpo donde este animal tiene su columna vertebral, que protege su canal medular, y por ello el fin es cortar esta vía para ocasionar la caída inmediata de las res, no su muerte, que ya se produce con la puntilla y en el desolladero, porque es una consecuencia inevitable en su estado. Las estocadas caídas y bajas sí dañan órganos vitales, que provocan una agonía y un fallecimiento del toro que no merece esta especie tan maravillosa, como tampoco sería su sacrificio en un matadero.
La rigurosidad nunca es mala si no se llega a un punto extremo, ni resulta incompatible con la comprensión y la adaptación de las circunstancias externas, porque entonces se convierte en intransigencia. En el caso de las estocadas se puede admitir que no sean las correctas, cuando las condiciones demasiado peligrosas del toro obliguen a tomar el camino de enmedio, pero nunca cuando la faena no tenga ninguna posibilidad de ser premiada y sea sólo para cubrir un mero trámite, porque este momento tiene una entidad propia y suficiente para no descuidarlo nunca. Por ello, los avisos de advertencia de los presidentes de los festejos deberían darse por un mal uso de la espada y no por tiempo. Así se avanzaría mucho más en la buena ejecución de esta práctica tan importante.
Es evidente que el torero corre un mayor peligro cuando se vuelca sobre el morrillo del toro, en alguno de los tipos de ejecución de la suerte suprema, como el volapié, al encuentro o recibiendo, pero el riesgo vital es algo consustancial a esta vocación, que por ello es la más bonita, dura, difícil y exigente del mundo. No se puede admitir tomar en la suerte suprema el camino más fácil y seguro para triunfar, que es el de buscar los bajos del animal. Por el bien y el futuro de nuestro arte milenario y rito legendario, tenemos que huir del falso triunfalismo y mostrar más exigencia y atención en la colocación de las estocadas, para que esta práctica fundamental no se convierta en un lance traidor y cobarde. Así sea.
Antonio Cepedello



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