viernes, 21 de agosto de 2026

 Guión 36 La luna de Víznar 


Primera parte

Guion escrito con motivo deL 40 aniversario de la muerte de Federico García Lorca. Emitido el 18 de agosto de 1976 en las emisoras de Radio Popular COPE) de Granada, Málaga y Córdoba, donde se realizó la grabación. 

        Control de sonido. Careta habitual se funde con Adagio del Concierto BWV de J. S. Bach..

          Narrador: La noche del 17 de agosto de 1936 se extiende sobre los campos chamuscados de Víznar. El abrasador sol agosteño es ya un rescoldo mortecino que se apaga tras la sierra vecina de Alfacar. Las cigarras, agotado su concierto, ceden la batuta a los grillos que afinan sus cuerdas en el aire bochornoso de la noche naciente. Densa. Pastosa. Asfixiante. 

           Control: Ruido de una camioneta antigua de fondo. 

          Narrador: El ruido tartamudo de una camioneta se escucha en la entrada del pueblo, que luce desolado. En una plazuela escasa de luz, un hombre ordeña una cabra ante la mirada de la Humisilda, una anciana que, al observar de reojo y con temor el lento paso de la camioneta antigua, murmura en voz baja: 

      -Humisilda.- Otros que vienen a padecer. ¡Pobrecitos ellos y pobrecitas sus madres! 

          Narrador: Egesipo, el cabrero, que ha escuchado el lamento de su vecina, la reprende, al tiempo que le tiende una desconchada lechera. Con movimiento mecánico recoge con el dedo índice de su mano derecha una gota de leche que se balancea en el borde y llevándosela la boca, exclama:

       - Egesipo. - Uhmmm ¡qué delicia de leche dá esta cabra! Bueno, Humisilda. Nosotros a lo nuestro. A ver, a escuchar y a callar. ¡Bueno, ahí tienes la lechera llena de buena leche para tu nieto! ¿Y dices que a la Reme se le ha secado la teta? 

-Humisilda.- Como un higo "pasao", cabrero. ¡Si aquí no hay comida, ni nada! 

-Egesipo.- Qué sepas, vecina (baja la voz, susurrando), que aquí sí que hay "comía". Lo que pasa es que se la llevan, esos falangistas de la camisa azul que están en el Palacio y que se han adueñado del pueblo. ¡Si me vieran aquí ordeñando cabras, me las quitaban! La leche, los huevos, las bestias, las papas, ¡hasta las muchachas! "To pa" ellos. Mira, que hasta de Alfacar le traen cada día un carro lleno de pan moreno que aquí ni lo olemos nosotros. (Voz normal) Bueno, me voy, que me espera la Rocío. ¡Andando, cabras! 

       Narrador: Rodeando el pueblo por el oeste, la destartalada camioneta se detiene frente a una mansión que en tiempos mejores fue digna de un palacio. Una voz, autoritaria, da la bienvenida: 

        -Voz imperativa.- ¡Deteneos! ¿Quiénes sois? 

 1 La Colonia, en Víznar, donde pasó Lorca sus últimas horas. El edificio fue demolido. Foto de Ian Gibson tomada de su libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. (Plaza & Janés) 1998 -

       El Panadero.- Soy yo, Cosme, el Panadero. ¿No me conoces? Espera a que me baje de este cacharro... 

    Narrador: El Panadero, un tipo descuidado y de voz desagradable, sale con dificultad de la furgoneta debido a su tamaño. El viejo mosquetón al hombro se niega a pasar por la estrecha puerta. Finalmente, y después de algunas palabras obscenas, logra su cometido.

         -El Panadero.-Bueno... ¡Listo! Oye, ¿quiénes andan por ahí? -Cosme. -Están todos aquí. Tengo orden de no dejar pasar a nadie. Así que muéstrame lo que tienes ahí y lárgate. En La Colonia te esperan. Por lo menos el bueno del cura pasó por acá, por si alguno quiere...

         -El Panadero.- (En voz baja) ¡Cállate, hombre! No le mientas ahora a la bicha. (Cambia de tono, haciéndose escuchar). ¡He aquí la lista de los nuevos trabajadores que vienen a levantar la patria con sus brazos! Apunta: 

          Narrador: El orondo saca un papel manoseado del bolsillo. Lo despliega con dedos torpes. Da lectura, muy teatralmente: 

        -El Panadero. - Los nuevos trabajadores son: Dióscoro Galindo, maestro-escuela. Federico García Lorca, el poeta, ese del lacito, je, je... Vienen también (Irónicamente) dos amigos muy cercanos al gobernador: los toreros Joaquín Arcollas y Francisco Galadí. Y cerrando el lote, uno llamado Mariano Rubio. 

           Narrador: Abandonados, tirados en el suelo de la camioneta, con las manos esposadas, los cinco imputados, cubiertos de polvo, escuchan la plática bajo la atenta mirada de dos vigilantes armados con fusiles y pistola al cinto. Uno de los reclusos, el llamado Dióscoro, con voz temerosa le pregunta al poeta:

      -Dióscoro.-Federico, usted que conoce mejor estos lugares. ¿Dónde estamos?

          Narrador: Con la mirada fija en el cielo estrellado, Federico, el poeta de Fuente Vaqueros, sacude la cabeza tratando de apartar de su frente un mechón del pelo negro ligeramente encanecido por el polvo del camino. Su voz está tensa. - 



         Federico García Lorca. - Estamos en el pueblo de Víznar. Y este es el palacio arzobispal de Moscoso y Peralta. Aquí solo hay falangistas... - 

          Dióscoro.- Si es así, al menos para usted es bueno que esto esté controlado por falangistas. Sus amigos, de los que usted me ha hablado,... ¿Cómo se llaman? - 

           Federico García Lorca. - ¿Los Rosales? 

         Narrador: Dióscoro asiente con la cabeza mientras su garganta pelea por expulsar el polvo tragado. Finalmente, exclama, recordando: 

        -Dióscoro.- ¡Exacto! Me comentó usted mismo que esos amigos se movieron en el Gobierno Civil para sacarle de este atolladero. 

F. García Lorca. - Sí, pero estoy aquí, compartiendo mi destino con el suyo y el de estos amigos... -Dióscoro.- (Voz temerosa) ¿Qué va a ser de nosotros, Federico? 

-F. García Lorca.-No sé, amigo. No lo sé. Narrador: También el temor se deja sentir en la voz de Federico. El camión se tambalea de nuevo. Era el peso del Panadero que acababa de instalarse en la cabina. 

        -Panadero.- Bueno, se acabó, así que carretera y manta. ¿Todo bien por ahí arriba? 

 Voz.- Todo bien, Panadero. Oye, aquí hay dos que no se callan... Panadero.- No pasa "na", camarada. Que le den a la lengua. ¡Seguro que son el maestro y el poeta! (Risas) -

         Voz.-(Ríe) Cómo eres, 

         Panadero. ¡Cómo eres! 

       Control: (Ráfaga del mismo y sonido de camioneta de fondo).       Narrador: La pendiente lanza hacia abajo la destartalada camioneta. Ya, la noche está cerrada. Una luna victoriosa brilla sobre la hierba que se estremece al paso del vehículo como si fueran viborillas de plata. Los grillos ya hacen una orquesta sincopada. Allá, por Fuente Grande, ladra un perro. No se ven, pero están ahí las lechuzas en el olivar que queda atrás. Al fondo, a la derecha, donde la sombra sugiere un bosque de pinos, se advierte un punto de luz. De nuevo, la voz del Panadero resuena. 

       -Panadero.-No te embales, camarada, que es ahí mismo. 

       -Voz.-Pero... ¿No vamos directamente a Fuente Grande? 

    -Panadero.-No, no. Las órdenes son que pernoctemos en La Colonia. Si no hay otra cosa, mañana, bien temprano (irónicamente, bajando la voz), les damos un paseíto por allí. 

       Narrador: Despreciados en el suelo de la camioneta, los reclusos, ajenos a la conversación, guardan silencio. Cabizbajos. Solo Federico alza la vista, fascinado por la luna victoriosa. Su amiga acaba de derrotar a unos jirones negros de nubes ya vencidas. Hay un destello de dolor en sus ojos. Los recuerdos le asaltan. Una sonrisa triste surca su cara. Están desfilando por su mente miles de imágenes, de sensaciones, de vivencias. Sus ojos soñadores se impregnan de aquella luna que le transporta a otros lugares, a personas tan distantes ahora. Y de nuevo le atraviesa, como un dardo doliente, la súplica ardiente, cálida, casi amorosa, de su mejor amiga, la actriz Margarita Xirgu meses atrás: Ay, donde estaría ahora de haberla aceptado, gime entre lágrimas: 

      Control: Efecto de arpa transportadora. 

  -Margarita Xirgu.-(Animosa) ¡Vente a América, Federico! 

      Control: Ráfaga del arpa. -

   Margarita Xirgu.- (Más animada aún): ¡Vente a América! No lo dudes, Federico. 

          Narrador: Fue en Bilbao. En el Teatro Principal la compañía de Margarita Xirgu interpretaba Yerma. Federico era, en secreto, el mejor admirador de la actriz- La obra finaliza con un éxito rotundo. 

       Control: Aplausos y vítores. 

     -F. García Lorca.-A mis brazos, Margarita. ¡Has estado increíble! 

       Narrador: Federico estaba contento como un rey en su castillo. Ya, en sus brazos, Margarita, sofocada, dichosa, feliz. 

      -Margarita Xirgu.-Ven, Federico, vamos a recoger los aplausos. El público te espera. 

     Narrador: Tras los aplausos —algo habitual cuando Margarita Xirgu actuaba—, su camerino solía llenarse de ramos de flores. La noche en Bilbao también sería así. Cipriano Rivas Cheriff, el director de la empresa, comunica a la actriz que batalla por desmaquillarse: 

    -Cipriano Rivas Cherif.- ¡Y este, de gladiolos, es de Benavente...! 

-       Margarita Xirgú.-¡Mierda, me pasé de rímel y no se quita! Y,... ¿Qué dice el amigo Benavente? 

    -Cipriano Rivas Cherif.-Bueno... a ver la tarjeta. Dice así: "Margarita, tú revelas bellezas de las obras que nosotros, los autores, no sospechábamos". 

       -Margarita Xirgu.-¡Jacinto, siempre tan galante! (Sorprendida.) Oye, Cipriano: ¿Dónde está Federico? 

      -C. Rivas Cherif.- (Voz vacilante.) Pues... mira, Margarita: ha ido a por su billete para Madrid...

     -Margarita Xirgu (Enojada) ¡Cómo dices! ¿No viene a Santander con nosotros? -C. Rivas Cherif.-Lo peor, Margarita, lo peor es que ni siquiera va a venir a América.

        -Margarita Xirgu.- (Molesta) ¡No lo puedo creer! Como están las cosas, lo mejor es poner tierra, ¡no!, kilómetros de por medio. (Preguntando) ¿Cuánto hace que se fue? 

       -C. Rivas Cherif.-Ya hace un buen rato. Pero, espera, es mejor que te lo explique él. Creo que ya viene. Sí. Escucho su sonrisa. Eso es. Acaba de despedir a Enrique Borrás. 

        Narrador: Desde el calvario de la camioneta, Federico recuerda su sonrisa cantora aquella noche de éxito. Cómo su alegría contagiaba a unos amigos que le daban la enhorabuena por el éxito conseguido. Y recuerda, entre sollozos, lo que pasó en el camerino cuando una vez más se abrazó a la actriz. 



      -F. García Lorca.- ¡Bendita seas, Margarita! Has hecho de mi Yerma un milagro de teatro dramático... Así lo decían Borrás, Benavente, Teixidor. ¡Todos los que han venido a la función! Y algunos más. 

       Narrador: Margarita, interrumpiéndolo con un tono suplicatorio. apenas le dejó continuar. - 

         Margarita Xirgu.- (Suplicando) Por favor, Federico, no me digas que no vendrás a la gira por América. ¡Dime que Cipriano se equivoca! ¡Vente a América, Federico! 

      Narrador: Como movido por un resorte, Federico dirige su mirada a Cipriano Rivas Cherif. Este, que aún sostiene entre sus manos el ramo de gladiolos, mueve varias veces la cabeza de arriba abajo, asintiendo. Margarita, continúa suplicando: 

      - Margarita Xirgú.- Cipriano me dice que aplazas el viaje. ¿Es cierto? 

      - F.García Lorca.- (Voz seria) Es cierto, Margarita. Si se lo dije primero a él, es porque me duele mucho tener que anunciártelo a ti. Te prometo, eso sí, reunirme contigo en México en el mes de abril.   

Margarita Xirgu.- (Con ironía) ¿Y qué cosa tan importante es la que te retiene aquí? 

       -F.García Lorca.- Abandona ese tono irónico, querida. No perderé el tiempo. Quiero concentrarme en la Huerta y terminar Bernarda Alba, para que la estrenemos juntos en Buenos Aires. - 

Margarita Xirgu- Eso es estupendo… Pero no me resisto a irme sin ti, Federico.¡Vente a América ahora! Allí podrás escribir. Debo pensar que es por ese chico llamado, Rafael?…(duda) ¡ Ese al que tú llamas, divertidamente, como el tres erres! 

-C. Rivas Cherif.- Margarita, ese chico es Rafael Rodríguez Rapún. -Margarita Xirgu.-¡Claro, el tres erres 



-F.García Lorca.- (Tono triste) Déjalo, Margarita. Me duele esta situación. Nos veremos en abril. Te lo prometo. 

-Margarita Xirgu.- (Sugerente) Si lo que aquí te retiene es tu amigo Rafael, no hay problema, Federico. Lo podemos llevar en la compañía contratado. ¿Puede ser, Cipriano? 

-C. Rivas Cherif.- Lo que tú digas, Margarita. A mí ese chico me cae muy bien. Además debe de saber los entresijos de este mundo del teatro ya que Federico lo 5 6 nombro su secretario personal en la última gira de La Barraca Le podemos dar una ocupación en la compañía. Y, hasta le podemos buscar un equipo de fútbol, que me han dicho los del Atlético de Madrid que le da muy bien al balón, je…je. - 

      Margarita Xirgu.- (Feliz) Entonces... ¡Todo resuelto! ¿De acuerdo, Federico? - 

F.García Lorca.- (Como molesto) Por favor, Margarita, Cipriano, evitadme esta situación en la que me siento bastante incómodo. Dejad tranquilo a Rafael, por favor. (Contundente) Iré solo, pero en abril. 

     Control: Ráfaga breve del arpa. Funde con sonido de la camioneta. 

        Narrador: Los recuerdos de Federico se desvanecen. Un frenazo en seco le hace abrir los ojos a la realidad. Allí está. Encadenado. Depreciado. Abandonado en la caja de aquella vieja camioneta donde, de nuevo, la voz rasposa del Panadero desgarra la noche: -  

       Panadero.- Hemos llegado, camarada. Ufff: Mira a ver si los prisioneros están bien amarrados. 

-Voz.- Todo en orden, Panadero.

    -Panadero.- Pues abajo con ellos y adentro; ya sabéis dónde. 

   Narrador: La comitiva ha llegado a su destino. Se trata de un amplio caserón de dos plantas, situado a la derecha del camino, escasamente iluminado. Entre un ruido de pasos, murmullos y alguna voz lejana, se deja sentir una voz femenina que canta: 

     - Rosario Lucena.-Anda jaleo, jaleo... 

 Ya se acabó el alboroto 

 y comienza el tiroteo, 

 y comienza el tiroteo... 

 Anda, jaleo, jaleo.


 Ultima fotografía de Federico García Lorca y de Margarita Xirgu. Bilbao, enero de 1936 y comienza el tiroteo, y comienza el tiroteo... Anda, jaleo, jaleo. 

      Narrador: Es una bella voz de mujer; una ráfaga de aire fresco en la calina de la noche. Federico la escucha con deleite y extrañeza. Aquella mujer está cantando una de sus canciones. Y piensa… Pero, nuevamente, El Panadero se encarga de lacerar su viaje a los sueños. -     

     Panadero.- Bueno, en esta habitación vais a pasar la noche. Mañana- (Muy dubitativo, dando la impresión de no creerse lo que iba a decir) - seréis trasladados a otro lugar para trabajar en unas obras de interés para la patria. ¡A ver quién trae un candil! ¡Aquí no se ve ni leche! 

     -Rosario Lucena.- .Anda, jaleo,jaleo 

                                      Anda el jaleo, jaleo...  

    Narrador: La voz de aquella mujer se hace más nítida, más presente, más próxima. Se acercaba, sin dejar de cantar: 

 --Rosario Lucena.- Ya se acabó el alboroto 

 y vamos al tiroteo, 

 y vamos al... 

       Narrador: Al llegar al grupo, la muchacha dejó ver su cara a la luz del candil que portaba. Federico, obligado a caminar ya hacia el caserón, gira su cabeza y contempla a la cantaora. Parecía muy blanca. Al menos, el pelo era muy rubio. Su voz, cristalina. - 

    Rosario Lucena.-¡Hola, Panadero y la compaña! Aquí está el candil, con su torciita nueva y cargado de aceite, o de sebo, ¡vaya usted a saber! 

    -Panadero.- Oye, guapa, ¿y tú cómo sabes que me dicen El Panadero? A todo esto: ¿Cómo te llamas tú, preciosa? 

- Rosario Lucena. -Me llamo Rosario Lucena, y mi novio cuelga la boina colorá en el cañón del mosquetón, ¿pasa algo? 

       -El Panadero.- Lo que pasa, muchacha, es que yo le voy a decir a tu novio que tú vas cantando canciones del bando contrario. ¿No lo sabías? Eso del (entonando) jaleo, jaleo y leches…

      -Rosario Lucena.- (Muy simpática) ¡Anda, ya! ¡Panaerito! ¿Cómo van a cantar esos rojos canciones tan bonitas? Además, esto lo canta La Argentinita y es para todos. Mira, esta sí que es preciosa: 

 No salgas, paloma, al campo, 

 mira que soy matador, 

 mira que soy matador....

 Y si te tiro y te mato,

 para mí será el dolor... 

 para ti será el quebranto…

       Narrador: Una estentórea carcajada del Panadero sella la voz de la muchacha, que lo mira muy molesta: 

   -El Panadero.-¡Qué cosa más cursi lo de esa copla, niña! (imitándola) No salgas paloma al campo, qué soy el cazador y te mato si te tiro, je…je( Cambiando de tono. Más amable) Bueno, no pongas esa cara. No te enfades. No vaya a ser que venga el de la boina roja en el mosquetón, je… je. Ahora que recuerdo, la verdad es que yo había oído algo de esto por las plazas de algunos pueblos antes de…

 - Rosario Lucena.- (Cortándole) Claro que sí. Antes de que os liarais a pegaros tiros unos a otros. No creas, Panadero, que esto me lo estoy inventando. La hermana de mi Paco, la Sole, mi mejor amiga; bueno, eso era antes… Ella está ahora en la otra zona. La de los rojos o republi… no sé qué…

 -El Panadero.- Republicanos, niña. Los enemigos de la Patria. Como estos que ves ahí, cerca de la casa. 

-Rosario Lucena.- Bueno, eso que tú dices. Pues verás, la Sole es la que me metió a mí estas coplas, muy adentro. Cuando había paz. ¡Qué pena que ya no podamos ser amigas! - 

     El Panadero.- (Muy suspicaz) ¿Y de qué familia es tu amiga, si se puede saber? ¿Tiene novio la Sole, esa? - 

Rocio Lucena.- ¡Qué te crees tú que te voy a dar nombres a ti! Cuando nos tuvimos que separar, cada una en un bando, y además, enemigas, nos juramos no dar nombre ni seña alguna de nosotras y la familia. Que lo sepas.

 -El Panadero.- Bueno, no te enfurruñes, nena. Dime al menos de dónde vienen esas canciones. Ya me pica la curiosidad. 

-Rosario Lucena.- Pues verás. La Sole me dijo que uno de los de por aquí; un paisano, creo que es de… (Vacila) ¡De Fuente Vaqueros! Llamado Federico … 

        Narrador.- La cálida voz de la muchacha llega nítida a los oídos de Federico. Ya, a escasos metros de su destino, detiene la marcha y gira de nuevo la cabeza. Unas lágrimas aparecen en sus pupilas. El empujón de su verdugo no le intimida. 



-Federico Garcia Lorca.- (Suplicando) Por favor, por favor. Es que está hablando de mí. Se lo ruego. Por favor. Narrador: Al reclamo de aquel nombre, 

El Panadero pasea sus negras uñas por su no menos negra barba, exclamando, al tiempo que dirige su mano derecha al lugar donde está detenido el poeta: -El Panadero.- ¿Has dicho Federico? ¿Y es de Graná? Mira que aquel prisionero que nos observa se llama Federico, Federico García Lorca. ¡Y es poeta, coño! ¡Este va a ser! 

-Rosario Lucena.- (Emocionada) ¡No me digas, Panadero, que es ese! Claro. ¡Federico García Lorca! ¡Qué emoción! Ya recuerdo con qué ardor me hablaba de él mi amiga Sole. (Emocionada) “Cucha” Panadero: Nos ha oído. ¡Me está mirándo! 

   Narrador: En la cercanía que los separa, Federico, desde su mirada oscura y húmeda, nota como la chica ha clavado asimismo sus ojos en él. Ojos claros de emoción también. La mano derecha de la joven le hace un saludo tímido que acepta con dulzura y amargura a la vez. La impotencia de una parte, y el miedo por la otra abortaron un abrazo entre los jóvenes. Por su parte, El Panadero mostraba signos de descontrol. En aquel instante, fugaz, las dos Españas, tan distanciadas, se fundieron en el ungüento eterno de la sensibilidad, la poesía y lo popular. Lo de 8 9 todos. De nuevo, y por segundos, bajo la luna de Víznar, a las puertas de La Colina, en el calor de la noche, renace ¡Una sola España! Otra vez, el grito del Panadero, a los reclusos y a sus guardianes, rompe el hechizo.

 José Luis Cuevas

Maquetado y Diseño



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