lunes, 5 de octubre de 2026

 

 LAS 'TRAMPAS' SE PAGAN



Las 'trampas' no son buenas en el proceso de formación de ninguna profesión, pero menos aún lo son en el de una disciplina artística como es el toreo. Al final, no acortan el aprendizaje ni aceleran el éxito, sino que en realidad los alargan, y además acaban con los deseos de los becerritas y novilleros de conocer, aprender, practicar y llevar bien a cabo su vocación. Una falsa estrategia que resulta más traidora todavía porque les impide disfrutar de verdad del arte universal más bonito, pero a la vez más difícil y duro de la historia de la humanidad.

Alentar, promocionar y justificar estos 'atajos' es incluso más condenable aún que ejecutarlos, porque ello supone engañar al chaval que empieza a formarse como torero, aunque en principio y en apariencia estas mentiras parezcan elogios y ánimos. Por ejemplo, apoyar y ensalzar que un novillero toree con el pico de la muleta, al hilo y despegado da resultado ante animales de una gran nobleza y bondad en la embestida, además que supone una mayor comodidad y menos miedo para el diestro, porque los pitones le pasan más lejos. Pero, más tarde o temprano saldrá al ruedo un burel de los que no van y vienen, sino que busca con codicia, ímpetu y genio los trapos para intentar cogerlos. Entonces, si el espada no utiliza la panza y manda de verdad en la res, ésta buscará por todos lados lo que le amenaza, hasta encontrar el cuerpo del torero, que correrá un gran peligro de una grave cogida y cornada.

Las 'trampas' también en todo siempre se pagan, aunque tarden en ello, porque el camino de lo fácil acaba siempre en fracaso, como lo barato sale caro. Para el docente también es más cómodo no enseñar que el toro se debe coger por los cuernos, sino por cualquier otro lado donde en apariencia sea menos peligroso. Este animal bravo, como los ríos, pide más tarde o temprano sus 'papeles' al diestro, porque le exige una colocación idónea y valiente ante los pitones. Cruzado y cargando la suerte, cómo debe ser. El que no se haya preparado para ello y haya estado acostumbrado a 'trampear', le faltarán entonces pies para huir. Y, además, lo cómodo crea siempre vicios difíciles luego de eliminar. 

Es más fácil en el toreo enseñar a defenderse ante unos pitones que a dominar a una res brava. Es decir, no quedarse quieto sin asentar los pies en el albero, colocarse al hilo, sin cruzarse ni cargando la suerte, utilizar el pico y no la panza del capote y la muleta, mover los trastos rápido y a tirones en lugar de despacio y con temple, no cuadrar en la cara para estoquear y poner las banderillas o propinar un bajonazo saliendo de la suerte para estoquear, entre otras malas prácticas en apariencia más sencillas y sobre todo que requieren del torero menos valor que quedarse quieto como un palo o pasarse al toro lo más despacio y más cerca posible de su cuerpo o traerse la embestida hacia sus muslos y no echarla hacia fuera. Todas estas últimas prácticas suponen, por el contrario, dominar bien al toro, lo que evita muchas más cornadas y cogidas, además que es el verdadero toreo, porque supone la unión efímera de dos seres en una danza sublime, que surge de la fusión entre la fuerza y la inteligencia, y del encuentro de la vida y la muerte.  

Los 'atajos' en busca del triunfo falso y traidor son habituales ahora en otras suertes del toreo, como ocurre a la hora de entrar a matar. Lo más cómodo y fácil es buscar los bajos del animal para clavar la espada, porque ello entraña menos peligro y tiene la maldita eficacia antitaurina a la hora de derribar al morlaco. Pero, si el novillero no aprende a hacer los 3 tiempos en esta práctica, "el torero que no hace la cruz, se lo lleva el diablo", como decían los viejos aficionados taurinos, cuando se encuentre ante un toro complicado, si entonces no le baja la cabeza con su muleta, antes de clavar el estoque, sino que intenta huir por los lomos del animal, correrá también muchísimo más peligro de ser cogido y corneado. 

Todas estas artimañas son traidoras y engañosas porque en el fondo alargan la formación de los novilleros y convierten en más peligrosa su carrera taurina. Les impide a estos chavales aprender que la seguridad en el toreo se basa en dominar al toro como manda la Tauromaquia, que en principio es algo más duro que buscar el camino más cómodo del triunfo y en teoría más fácil para pasar menos miedo. Así ya lo dejaron establecido, hace ya más de un siglo, los dos 'padres' del toreo actual, Juan Belmonte y Joselito 'El Gallo'. Ambos no establecieron estas normas y criterios por capricho, ni mucho menos. Respetarlas y mejorarlas, a base de afianzar los principios intocables de la Tauromaquia, como son el valor, el riesgo o la belleza, es hacer nuestro arte universal cada vez más grande, supremo y eterno. Todo lo contrario, que supone fomentar y justificar las habituales 'trampas' actuales, lleva a nuestro rito legendario y milenario hacia el atajo de su perdición.

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