CAMBIOS DE FUTURO
Los espectáculos taurinos se han adaptado siempre a los cambios sociales durante siglos, desde que la Tauromaquia es Tauromaquia, por lo que ahora no puede ser menos. Eso obliga a llevar a cabo unos cambios necesarios por el bien de nuestro arte milenario y para garantizar su futuro, que ya es más que conocido que se encuentra amenazado a diario y por muchos frentes. "Adaptarse o morir", como dice otro sabio refrán popular. Los criterios, valores, sensibilidad y otras muchas circunstancias de nuestra sociedad no son en estos momentos los mismos que hace décadas, por lo que es imprescindible hacer variaciones sin perder lo principal de la liturgia de nuestro rito legendario.
Uno de los cambios para mi entender más urgente es el de acabar con una práctica, como es el descabello, que se utiliza para que sufran menos los toros, pero que su ejecución, sobre todo en el aspecto visual, puede ser interpretada como 'humillante' para el animal, como así lo hacen los demagogos e hipócritas animalistas en sus falsas y tergiversadas campañas difamatorias, donde siempre utilizan las imágenes de este momento. Limitar el número de intentos a uno o como máximo dos golpes de verduguillo podría ser una alternativa a su eliminación total, pero no más.
Esta variación debería ir unida a una modificación más amplia del tercer tercio de la lidia, porque creo que el tiempo no debería marcar su duración. Esta norma es una herencia de cuando lo fundamental era vencer al toro, en una lucha donde la belleza era lo de menos, pero a partir de la revolución de los dos 'padres' del toreo actual, Joselito 'El Gallo' y Juan Belmonte, la estética impera en esta danza entre la fuerza animal y la inteligencia humana. Por ello, considero que el criterio que debería imperar sería ése y no el cronológico. Los avisos deben seguir existiendo, por supuesto, pero pienso que deberían darse de acuerdo a la buena o mala ejecución de la suerte suprema, sin tener en cuenta su eficacia, sino su ortodoxia y mayor o menor exposición del torero al entrar a matar. Y esto es algo que se debe afrontar de inmediato, porque se están imponiendo las estocadas defectuosas por ser efectivas, con la aprobación de presidentes de festejos y de la mayoría del público, lo que no podemos consentir, porque se pierde gran parte de la verdad del toreo.
Otro tema que debemos relanzar es poner más aún en valor el comportamiento y condiciones de los toros en el ruedo. Los indultos dan más sentido y aprobación al objetivo ya artístico de la Tauromaquia, por lo que no se deben limitar sólo a los animales que el ganadero considere que pueden convertirse en sementales, sino a todos aquellos que durante la lidia hayan demostrado su bravura en el albero, aunque después no se destinen a padrear. Esto es más necesario aún en una sociedad que tiene cada vez una sensibilidad mayor sobre la muerte animal, aunque por contra se consientan que desaparezcan más especies en nuestro planeta, pero mientras no las vean extinguirse o morir, les da igual a la mayoría.
Las condiciones del peto es también una asignatura pendiente que aún no hemos resuelto para que los toros se quebranten menos al ir al caballo, preservando siempre la seguridad del picador, y así puedan ir más veces al encuentro con el del castoreño para demostrar su bravura. No se puede seguir con la política consentida del 'monopuyazo', porque eso también acaba con gran parte de la esencia de la manifestación artística más bonita del mundo. Un animal bravo tiene que tener la posibilidad de desarrollar su cualidad innata y peculiar de crecerse ante el castigo, porque es la que más le diferencia con respecto a sus congéneres mansos.
Y enlazado con lo anterior, aunque a algunos les parezca una barbaridad y me lleguen a tachar de 'loco' o incluso antitaurino, creo que la mansedumbre tenía que tenerse en cuenta también a la hora de decidir si un toro debe seguir en el ruedo o no, además de su falta de fuerza, cojera, problemas de visión y otros defectos físicos, porque la bravura es la base de nuestro rito, tanto o más que el poderío del animal. Lidiar a un manso descarado, que no acuda al picador, huya en banderillas y no embista ni a capotes ni a muletas, tiene poco sentido, porque su comportamiento es similar al que tendría una vaca lechera o un ternero, que jamás pisarán el albero.
Todos estos cambios, que para nada afectan a lo esencial de la liturgia de la Tauromaquia actual, son necesarios para mí y pueden ser calificados como una 'barbaridad' para otros aficionados taurinos. Lo mismo pasó a principios del siglo XX, cuando otros atrevidos taurinos comenzaron a aconsejar que la muerte de tantos caballos en las plazas no era conveniente, y que para evitarlas a estos equinos había que protegerles con algo que impidiera tantas cornadas, y además no acabara con lo fundamental de la suerte de picar. Y surgió el peto, que todos ahora lo vemos ya como un elemento imprescindible en las corridas. Quede aquí mis aportaciones por el bien, la evolución y el futuro de nuestra maravillosa pasión. Muchísimas gracias para quienes las compartan y también para los que no estén de acuerdo con ellas, pero las respetan, como todas las aportaciones de buena fe y desinteresadas. Aquí estamos para sumar y no restar nunca.
Antonio Cepedello


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