jueves, 21 de enero de 2016

Dos hechos consustanciales: Córdoba y la fiesta de los toros / por José María Portillo Fabra



Los Califas del Toreo y los toreros en general fueron - y son -  personajes que definen la personalidad de la ciudad de Córdoba desde el siglo XIX. Ello se debe a su integración en la sociedad cordobesa de una forma que no se ha producido en ninguna otra ciudad de España, salvo quizá Sevilla.

  • En Córdoba, como en Sevilla, no se trata de posicionarse en las porterías del partido entre "toros sí" contra "toros no", sino en el partido "Córdoba sí" contra "Córdoba no". Somos herederos de nuestro pasado, y en el pasado cordobés está la tauromaquia.

Dos hechos consustanciales: Córdoba y la fiesta de los toros


José María Portillo Fabra
Presidente de la Tertulia Taurina "El Castoreño"

Córdoba, 19/01/2015.- Fotografías La Loma
Refiriéndose a la figura en bronce de "Manolete" ante la parroquia de Santa Marina, Mercedes Valverde dice que Córdoba es la ciudad en la que los califas dialogan con las iglesias.  


Y yo pienso que ni las iglesias ni la tauromaquia pueden abolirse en Córdoba sin alterar la sustancia moral de nuestra ciudad, del mismo modo que no podrían abolirse su Semana Santa o su pasado árabe y judío.  Y es que, gusten o no, los toros están aquí en nuestro pasado y en nuestro presente.

Los Califas del Toreo y los toreros en general fueron - y son -  personajes que definen la personalidad de la ciudad de Córdoba desde el siglo XIX. Ello se debe a su integración en la sociedad cordobesa de una forma que no se ha producido en ninguna otra ciudad de España, salvo quizá Sevilla.

Hay que ver lo que significa que "Lagartijo" sea aún considerado como un custodio de los menesterosos - las célebres "lagartiadas" -; o que, como personalidad emblemática de nuestro país, fuera requerido hasta el París del exilio por la reina Isabel II para participar en los actos benéficos pro damnificados de una catástrofe en el Levante español; o que, en fin, su efigie preste rostro al primer monumento escultórico de Córdoba, el del Gran Capitán de la Plaza de las Tendillas. 

Hay que ver lo que supone que el rey de España cultivara la amistad personal de "Guerrita" cuando la Monarquía lo era por la Gracia de Dios (un verano, en San Sebastián, Alfonso XIII le comentó: "Mira, Rafael, el periódico dice que en Córdoba están a 45 grados", y respondió  el torero: "Sí, majestad, y yo aquí en San Sebastián perdiéndomelo") y que al mismo tiempo, el torero fuera venerado por gentes sencillas, que cuando visitaban Córdoba tenían como paso obligado el "Club Guerrita", por si podían ver al Califa tras los ventanales del salón.

Hay que ver lo que significa que una gesta taurina del más humilde de los toreros cordobeses, "Machaquito", fuera inmortalizada por Belliure en su más famosa escultura, o que dicho torero tuviera como confidente a Benito Pérez Galdós o, en fin, que el apodado "Machaquito" fuera Excelentísimo Señor al ser condecorado con la Cruz de Beneficencia y que dicho diestro terminara fundando una familia integrada en la aristocracia cordobesa.

Hay que ver lo que significa que a "Manolete", tras alcanzar la admiración del Hollywood de la época dorada, o la del entonces más famoso deportista del mundo, el boxeador Joe Louis,  lo dirigiera el padre del cine europeo Abel Gance, o que fuera solicitado en México por el presidente de la República en el exilio tras verle torear una tarde en la Monumental de Insurgentes, a pesar de haber sido el diestro de Córdoba combatiente en la otra Zona.

Hay que ver lo que significa que "El Cordobés", muchacho hambriento en la postguerra, pueda contar: "Un día estábamos Franco y yo de cacería, los dos solos, él atento al monte y yo detrás de él con una escopeta. Y mi padre, republicano. Y yo me decía: ¡pero si el que tiene valor es él, no yo!". Y que poco tiempo después, el torero que fue muchacho hambriento en la postguerra, fuera invitado de la Casa Blanca de la era Kennedy.  

Y así podríamos continuar con toreros más recientes y actuales, que siguen definiendo una parte del carácter de nuestra ciudad, de su sustrato histórico y moral, porque Córdoba y tauromaquia comparten la misma sustancia.  

En Córdoba, como en Sevilla, no se trata de posicionarse en las porterías del  partido entre "toros sí" contra "toros no", sino en el partido "Córdoba sí" contra "Córdoba no". Somos herederos de nuestro pasado, y en el pasado cordobés está la tauromaquia.

Con  todo mi respeto y, si se me permite, afecto para quienes rechazan la fiesta de los toros.


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