jueves, 21 de noviembre de 2019

TOREO Y RELIGIÓN EN LA JUVENTUD TAURINA CALERITO

Ayer miércoles 20 de noviembre, vino a deleitarnos con su imponente oratoria Monseñor Alberto González Chaves, en la sede del Club Calerito y la Juventud Taurina. 
Don Alberto, sacerdote reconocido y gran aficionado al toro, extremeño de cuna y cordobés de adopción, nos expuso la relación entre el toreo y la religión.
Comenzó con el toro de San Lucas y el Águila de San Juan que se encuentran en la Catedral de nuestra hermosa ciudad, Córdoba. Prosiguió con el culto al toro en todas las culturas mediterráneas y en los orígenes de nuestra religión católica y su especial relación entre el hombre y el sacrificio del toro.

Más tarde, navegando por la historia de la religión, se paró unos instantes en recordar la figura del Papa Pio V (1566-1572) el cual prohibió la fiesta de los toros por considerarla sanguinaria y por tanto endemoniada. La suerte que tuvo el pueblo español, fue la de ser reinado por Felipe II El rey prudente, y haciendo gala de su virtud, hoy bastante carente por cierto, decidió ignorar la propuesta porque su pueblo amado era muy aficionado al toreo.
Más adelante, y después de los primeros capotazos de inicio de faena, fue metiéndose con el toro, profundizando en temas verdaderamente buenos. Nos iluminó a los cuarenta jóvenes que allí nos encontrábamos con la similitud de la muerte y el toreo, como desde que suena el clarín y comienza el paseíllo hasta el volapié final, está todo preparado para respetar la muerte. Hizo mención a la Santísima Trinidad y a su número divino en la fiesta nacional, recordando los tercios, los tres pares de banderillas, los tres matadores y los tres pares de toros.
Tocó temas importantes como la elegancia y el señorío de un torero recto y clavado en el suelo, su temple en la vida, su actitud ante las dificultades y su vida interior siempre bañada de fe, que según él, debería ser ejemplo para muchos jóvenes y no pocos sacerdotes de hoy.

Y del mismo modo que un maestro se coloca expectante en el centro del ruedo con la zocata en la izquierda, Don Alberto encandiló al público al hablar de la muerte de un torero y de las cuentas que debe tener cumplidas con el de arriba. Nos confesó que le encantaría ver por un pequeño ventanuco el ritual de la capilla, para ver la soledad del héroe vestido de luces de rodillas antes el Señor, entregando su vida a la grandeza eterna.
Se declaró amante del pase de la verónica, en comparación a la décima estación del Vía Crucis en el que Jesucristo fue despojado de las vestiduras, humillado delante de la gente entonces apareció entre el tumulto violento romano una mujer morena, Verónica, cogió una tela y le limpió el rostro ensangrentado, y sus miradas al cruzarse… no se pueden describir. Porque con la misma ternura que Verónica limpió el rostro a Nuestro Señor Jesucristo, Morante templa el capote para acariciar la humillada embestida del negro cornúpeta. 
El espíritu renacentista del conferenciante hizo gala cuando comenzó a citar a infinidad de gentes respetables como el Padre Cué, Chesterton o Manolete entre otros, posteriormente se le unió a esto la pronunciación de varias coplas y poesías del amplio folclore español, sus citas en latín y algunas en italiano, con todo esto el público estaba metido en faena con ganas de que entrase a matar bien.
Y así lo hizo, se perfilo para su última intervención en la que cómo no, debía hablar de las madres. La madre de la tierra y la madre del cielo, para la primera hizo referencia a Doña Angustias y para la segunda también, a Nuestra Señora de las Angustias, porque si por la muerte de un torero la madre de la tierra llora desconsolada, más lo hará la del cielo y encima amparará a la de la tierra. En resumen faena de dos orejas, faltó sacarlo a hombros tal vez.

Por: Ignacio Giner Ruiz
Fotos Jose Luis Cuevas




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