domingo, 25 de abril de 2021

 

TREINTA AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE “FINITO”

Por Antonio Luis Aguilera 

Alternativa de Finito de Córdoba. Foto Arjona

El 23 de mayo se cumple el 30 aniversario de la alternativa de Finito de Córdoba, acontecimiento que debe ser recordado como uno de los capítulos más importantes de la historia de la plaza de Los Califas, por la expectación que levantó en la afición la proyección como primerísima figura del toreo que se adivinaba en aquel novillero, que había despertado a Córdoba de su letargo taurino para entusiasmarla con la belleza de su toreo. Tal fue el alboroto, que la afición se entregó con Juan Serrano Pineda como nunca hizo con ningún torero cordobés: caravanas de autocares —más de ochenta para su presentación como novillero en Las Ventas— y miles de aficionados en sus vehículos para arroparlo en la Maestranza de Sevilla o Madrid; un tren AVE de ida y vuelta en el mismo día fletado por su peña para acompañarlo en la capital del reino; y hasta un vuelo transatlántico organizado para animarlo en su presentación en la plaza monumental de México.

El idilio con Juan Serrano comenzó la tarde de su presentación como becerrista en Los Califas, el 10 de septiembre de 1988, actuación que por el eco que tuvo, debido al boca a boca de lo que contaban los poco más de tres mil aficionados que acudieron, fue repetida el 1 de octubre, fecha donde haría su primer paseíllo con otra ilusionante promesa de la tierra: Rafael González Chiquilín. Lo de menos fueron las seis orejas cortadas en su doble comparecencia por el chaval de quien todo el mundo opinaba, porque de Finito se hablaba en bares, tabernas, peluquerías, mercados, zapaterías o en cualquier esquina.  Ante el lío formado, inmediatamente se anunciaron becerradas en localidades cercanas a la ciudad como Palma del Río, Bujalance o La Carlota, donde las placitas portátiles se quedaban chicas para acoger las avalanchas de espectadores que lo seguían. Nadie quería perderse las elegantes maneras del cordobés nacido en Sabadell, oriundo de la carloteña aldea de El Arrecife: Finito había revolucionado la ciudad y su provincia. Cómo sería que siendo becerrista se inauguró su primera peña taurina, ubicada en la Bodega de Rafael Guzmán de la calle Judíos, y fue tal el alboroto por la gente que colapsaba la estrecha calle, que antes de cerrar las puertas por falta de espacio, los organizadores hubieron de permitir el acceso sin invitación al acto de no pocos seguidores. De la noche a la mañana, como el milagro de los panes y los peces, la afición taurina se había multiplicado en Córdoba sorprendiendo a la habitual, que prudentemente observaba como los neófitos presumían de saber de toros más que Cúchares y Guerrita juntos, mientras aseguraban ser “aficionados de toda la vida”, que dejaron de ir a los toros porque les aburrían "los jornaleros del toreo". 

Calle Judios de Córdoba

Tras debutar con picadores en Marbella en la primavera de 1989, apoderado por el matador de toros cordobés Gabriel de la Haba Zurito, Juan Serrano se presentaba con los del castoreño en la feria de mayo ante el público cordobés. La respuesta en taquilla —media plaza, el doble de la afluencia habitual— sorprendía a los empresarios, que observaban el creciente poder de convocatoria del novillero, que ese año ajustó tres paseíllos en la plaza de Ciudad Jardín, saldando con éxito sus actuaciones aunque solo cortara una oreja por el pobre manejo de la espada. Idéntico número de actuaciones sumaría en Los Califas la siguiente temporada, consagrado ya como primera figura del escalafón, donde lidió ocho utreros y paseó seis orejas. Finito destacaba por la belleza y elegancia de su toreo de capote y muleta; también por los dos llenos absolutos que registró la plaza, aunque solo una tarde se pusiera el cartel de “no hay billetes” —"un despiste", según la empresa—, para testificar sus reñidos mano a mano con el espigado Rafael González Chiquilín, torero del castizo barrio de Santa Marina, que con su aire amanoletado también encendió la pasión entre legiones de istas o "aficionados de toda la vida", que en los comienzos de los años noventa tomaron la ciudad hasta lograr dividirla en dos bandos irreconciliables. Aún recordamos cómo se metían con el novillero rival ante cualquier fallo para hacerle la tarde imposible... De locos. Aunque, ¡qué nostalgia de aquel encendido ambiente de locura por el toreo!

Finito de novillero con los tertulianos de Tercio de Quites. Foto Marogo

Finitistaschiquilinistas y aficionados en general —mal vistos por los istas o vendas, que aseguraban que quien no era de su torero lo era del otro— aguardaban con inusitada expectación la llegada del jueves 23 de mayo de 1991, fecha de la alternativa de Juan Serrano, apoderado entonces por Manuel Flores Camará, que le ajustó dos corridas en la feria, agotándose en ambas el billetaje y colgándose en taquilla el cartel de “no hay billetes”. Tal fue la preocupación del público por quedarse sin localidad para el doctorado, que aquella feria se vendieron 6.500 abonos, cifra desconocida en la plaza y que no ha vuelto a registrarse en sus taquillas. Los precios de las localidades sueltas se establecieron en 6.500 pesetas (39 euros) el tendido de sombra y 3.000 pesetas (18 euros) el de sol. Y todas se vendieron, porque nadie quería perderse aquella alternativa. 

Por la mañana, durante el apartado y sorteo de la corrida, fuimos testigos de una anécdota poco conocida: Manolo Camará, apoderado de Finito y Fernando Cepeda, preguntó a José Luis Marca, apoderado de Paco Ojeda y siguiente mentor del propio Finito, si el padrino iba a respetar la tradición de dejar elegir al toricantano el toro de la ceremonia. El apoderado maño, con su habitual desahogo, contestó a Camará que entre sus dos toreros tenía cuatro toros para elegir el que más le gustara. Curiosamente la única oreja cortada esa tarde fue para el genio de Sanlúcar en su primer toro, el que por hechuras agradaba al sagaz apoderado cordobés.

Alternativa de Finito. Foto Framar

Una ensordecedora ovación saludó el paseíllo de Finito (blanco y oro), escoltado a su izquierda por Paco Ojeda (gris perla y oro), padrino de la celebración, y a su derecha por Fernando Cepeda (tabaco y oro), que actuaría de testigo. Pero como el hombre propone y el toro descompone, Infundioso, ejemplar de la ceremonia, un burraco alto de agujas y corto de cuello, con 500 kilos, marcado con el número 51, hizo honor a sus feas hechuras y se defendió por ambos pitones sin dar opción al toricantano. Con el sexto, Desganado, número 10, negro zaino, de 569 kilos, un ejemplar serio y noble, Finito dejó unas hermosas verónicas; tras brindar al respetable, sacó al toro a los medios para ejecutar tres series en redondo de bonita factura, una al natural, pitón por donde se frenaba, y terminó el trasteo con unos ayudados que precedieron a tres pinchazos y una estocada. Al caer la noche quedaba escrito el prólogo de la carrera profesional de Juan Serrano, que en sus primeros años como matador de toros continuaría llenando la plaza cordobesa, de la que fue dueño y señor, organizándose en esa década el mayor número de corridas de su historia. 

Al recordar estos treinta años con perspectiva histórica divisamos las luces y las sombras de una larga trayectoria. No obstante, los aficionados íntegros, los que por experimentados huyen del botafumeiro de los halagos que tanto daño hacen a los que comienzan y opinan libremente —las legiones de istas o vendas se fueron difuminando conforme llegaron los primeros fracasos—, no olvidan la elegancia natural de Juan Serrano, su magistral manejo de las telas, y ese toreo clásico y majestuoso que, por excepcional, invitó a Córdoba a soñar con otro espada llamado a ser dueño y señor de la Fiesta, lo que por aquí, a los que han mandado en solitario, se conoce como Califa. El sueño no se hizo realidad, pero nadie podrá olvidar las torerísimas tardes de verónicas de ensueño o largas cordobesas que hubiera firmado el propio Lagartijo, y tantas faenas mágicas que por su belleza levantaron de sus asientos a los aficionados, entusiasmados al ver el vuelo de una muleta planchada peinando el albero, para engarzar como el mejor orfebre maravillosas series de redondos y naturales. 

Ojalá sean favorables las circunstancias para que el aniversario pueda ser conmemorado en el redondel con la pureza de aquel toreo, menos técnico pero más auténtico, que hace tres décadas cautivó el alma de Córdoba.

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